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Contingencia

29 febrero, 2012

Escena 1

Suena el despertador, luego de tres intentos logro despertarme. Me dirijo hacia la habitación de mi hermano, entro y lo llamo. No se mueve. Vuelvo a llamarlo y nada. Hago ruido con la puerta y sigue sin hacerme caso, por lo que me acerco para zarandearle. Pongo mi mano sobre él y un temblor angustioso se apodera de mí: Está frío como una piedra. Llamo a mi madre pero apenas logro gemir. Grito y el tono desesperado la alerta por lo que viene corriendo. Ella cruza la puerta y al verme, con rostro temeroso y una mano quieta sobre mi hermano, palidece. Sus facciones se alargan como un borrón de tinta, grita y se abalanza sobre el cuerpo inerte de mi hermano. Trata de incorporarlo, revisa sus signos vitales, pero evidentemente, la vida hace mucho que abandonó ese cuerpo. Lo aprieta contra sí y se deshace en llanto. Yo doy unos pasos hacia atrás y logro apoyarme en la biblioteca. Levanto la mirada, algo me dice que yo también debía estar llorando, pero me resulta imposible. Todo ocurre como un película… , no, como en un sueño. Estoy esperando que la alarma me despierte de verdad. Miro la ventana: El sol brilla, pequeñas nubes se mueven rápido, los autos y la gente andan con total naturalidad. Es un día normal, antes bien, es un bonito día. Y sin embargo, en la habitación hay un par de ojos que se resisten a abrirse, una nariz que se niega a respirar, y en general, un cuerpo que rechaza la actividad cotidiana, que se ha bajado del tren del tiempo. Es el cuerpo de mi hermano, cuerpo que conozco de toda la vida, que he besado, abrazado, golpeado. Pero hoy ese cuerpo me produce una sensación extraña, una sensación de vacío, de que él ya no está allí. Veo ante mis ojos un castillo de arena que se derrumba, una hoja que se separa del árbol y se seca. Nunca sentí el ser de forma tan real como ahora cuando el cuerpo inerte de mi hermano abre ante mí el abismo inmenso de la nada. El frío me invade y me dejo caer lentamente en el piso.

Escena 2

Han pasado ya seis meses de la muerte súbita de mi hermano. Su álbum de fotos terminó quedándose permanentemente en la mesa de la sala. Me siento, tomo el álbum, lo pongo sobre mis piernas y comienzo a pasar la páginas de atrás hacia adelante. Es como leer una historia que no está escrita allí, pero que mi memoria es capaz de leer en cada foto. Una historia que mi mente niega a dar por terminada. Todos los días me sugiere cosas que decirle, preguntas que hacerle, anécdotas que contarle. Es como si sólo estuviese esperando que volviera de viajar, como si simplemente se hubiera ido a vivir lejos. De cualquier forma, la idea de que él dejara de ser me parecía falta de lógica. Llego a las primeras páginas: fotos de recién nacido y un par de ecografías. Resaltan las manos, un par de manos minúsculas, dedos del tamaño de una mina de esfero, pero aún así, perfectamente formados. Una mano igual a la mía. Miro mi mano, siento la piel y trato de palpar debajo de ella los músculos y los huesos, veo las venas que se marcan bajo la piel. Muevo mis dedos y me resulta increíble que este montón de materia, que este puñado de células responda así no mas, a algo tan poco tangible como mis pensamientos. Vuelvo y miro la ecografía: Yo también estuve allí. He estado donde él estuvo, he hecho lo que él hizo, y aún así, fue él el que murió y no yo. Ahora entiendo por qué la muerte es representada con una hoz. Porque al igual que el agricultor, ve germinar la mies, pacientemente la observa crecer y levantarse sobre el suelo, y cuando la ve radiante, en la cima, tiñendo el paisaje de color dorado, entonces la siega. Sólo sé que yo también moriré cuando esté listo. Pero ¿Acaso él lo estaba? En apenas unos días tenía que presentar un proyecto al que había dedicado meses. Nuestra vida es un pequeño hilo estirado sobre el fuego, una burbuja flotando en medio de la nada, una breve interrupción en el no-ser, una improbabilidad estadística. Nada fui, y aunque ahora sea, pronto volveré a ser nada; puesto que no se me ha dado el ser, sino que apenas cuelgo de él, y tarde o temprano me desprenderé.

Escena 3

Paso mi mano suavemente por la fría piedra gris de la pared del monasterio. Trato de imaginar a la persona que uso esta piedra hace casi mil años. Cuántas cosas han ocurrido frente a esta piedra, cuántas personas han pasado. Cómo ha cambiado el paisaje frente a esta puerta a través de los siglos. Y sin embargo, una vez cruzada, adentro es como si el tiempo dejase de correr. Rechina la enorme puerta y un monje saca la cabeza:

–Buenos días– dice en tono de pregunta.

–Buenas, no sé si se acuerde de mí, estuve aquí el año pasado en una visita.–

–Puede ser– dice, mirándome detenidamente –No recibimos mucha gente–

–Quisiera saber– titubeo –¿Cómo puedo entrar en la orden?–

Su rosto cambia y su actitud incómoda se torna cordial. Abre un poco más la enorme puerta y me dice “sígueme”. Me hace entrar en el locutorio y luego de que me siento, me dice que le esperase un momento. Una vez sale, puedo detallar los cuadros que hay en el salón. Uno es la Asunción de la Virgen María, la Virgen entre las nubes, rodeada de ángeles y con la luna bajo sus pies, mirando a un punto por fuera del cuadro. Toda la iluminación del cuadro proviene de ese punto externo hacia el cual los ojos de la Virgen apuntan extasiados. El segundo cuadro muestra a un santo vestido de hábito, su nombre aparece abajo en Latín pero la tipografía usada me resultaba ilegible, de rodillas a los pies de la Cruz. La imagen es mucho más sombría que la anterior, pero coincide en que los ojos del santo también se elevan hacia un lugar fuera de la imagen. Su vista se pierde en esa presencia, ausente a los ojos del espectador, de la cual recibe la luz. En ese momento se abre la puerta y del otro lado aparece el monje que me había recibido.

–Ven conmigo– dice –El abad te recibirá en la rectoría–

Me guía por un corredor estrecho junto al patio central, donde hay un jardín florido. La piedra del suelo esta bastante lisa, y al pensarlo me imagino los miles de pisadas que a través de los años habían ido limando el suelo. Al fondo del jardín puedo divisar una figura con hábito que trabaja en una huerta. Justamente a eso me refería: Aunque reuniésemos a todos los monjes que han vivido en el monasterio, no habría nada extraño. Siglos y siglos de distancia desaparecen dentro de estas paredes, hombres tan lejanos en el tiempo mantienen el mismo lenguaje, los mismos códigos, las mismas órdenes. Eternidad, a eso es a lo que huele este edificio, eso fue lo que me hizo volver. Afuera queda el mundo de lo obsoleto, de lo perecedero. Este monasterio es un templo a la eternidad, los hombres que aquí viven están por fuera del tiempo. ¿Cómo es eso? ¿Puede acaso el hombre librarse de su contingencia? Llegamos a una puerta estrecha, el monje la abre y me indica que siga. Adentro, el abad me espera sentado en su escritorio. Detrás de él hay un cuadro de Jesús saliendo del sepulcro, mostrando sus heridas en las manos y el costado. Me siento y el monje cierra la puerta. El abad me mira y junta las manos.

–Y bien– dice –¿Qué te trajo?–

–Estuve aquí el año pasado, de visita, y después, simplemente no pude dejar de pensar en este monasterio–

–Pensar en qué, concretamente–

–Verá, hace cuatro años mi hermano murió súbitamente mientras dormía, y desde entonces no he dejado de pensar que yo también moriré y que nada hay que pueda hacer para evitarlo, que cada segundo que pasa es una oportunidad para morir–

–Hijo, nosotros también vamos a morir– me interrumpe –No creas que por ser monjes nos vamos a librar de ese paso–

–Pero hay algo aquí que está vivo desde siempre y lo seguirá estando. Creía que vivir era sólo caminar hacia la muerte, pero siento en el monasterio una vida que está por fuera del tiempo–

–Hijo, ¿crees en la eternidad?– Me pregunta.

Esa era la pregunta que inquieta mi corazón. La pregunta que me había traído hasta aquí. Levanto mis ojos y miro el cuadro de Jesús resucitado. En este cuadro, Él es el origen de la luz. “Nadie me quita la vida, sino que yo l doy por mi propia voluntad. Tengo el derecho de darla y de volver a recibirla.” Recuerdo haber leído de Él en alguna parte.

–Hijo ¿Crees en la eternidad?– Repite

–Tengo que creer, de eso depende mi existencia–

29 de Febrero de 2012

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