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Apología de la confesión (II)

11 septiembre, 2011

Ya he escrito una entrada al respecto que pueden consultar en este enlace. Lo que me motiva a escribir hoy no es ningún nuevo descubrimiento en el tema sino simplemente comentar, en la misma clave argumental de la anterior, el artículo que escribió un sacerdote guipuzcoano, probablemente como auto-justificación, y que publica el portal de Religión Digital, reconocido bastión de todas estas lides.

El artículo se titula “Algunos curas guipuzcoanos no se confiesan” y en efecto ese fue uno de los reclamos que le hizo Mons. Munilla a su consejo presbiterial en la reunión que se hizo famosa por revelar las fuertes contradicciones que enfrenta el obispo en su diócesis. Subrayo la palabra “uno” porque la lectura que hizo Mons. Munilla de la Pastoral Vocacional en la diócesis va mucho más allá, demuestra que el primer impulso de la pastoral vocacional es el testimonio de los sacerdotes y dice que los sacerdotes de la diócesis han dejado de ser testimonio.

El artículo en cuestión toma ese título para hacer una apología de la no-confesión. No voy a analizar el artículo en su extensión, pues en gran parte no es más que un reencauche de la tradicional falacia “los tiempos han cambiado”, sino que me referiré a un par de párrafos que es donde, creo yo, reside el centro de la cuestión.

Dice el sacerdote:

Pero hoy, las cosas han cambiado sustancialmente. En el mundo moderno se ha recuperado la conciencia del valor infinito de la dignidad humana. El hombre y la mujer han ido descubriendo el sentido de la libertad y del valor sacrosanto de la intimidad. Muchos pensamos que la Iglesia no tiene ninguna autoridad para exigir la apertura de los pliegues más profundos de la conciencia. Es el recinto más sagrado de la persona, su propia mismidad, algo nunca susceptible de ser hollado ni manoseado.

La confesión explícita y obligatoria de los pecados graves o mortales, bajo penas gravísimas, no puede ser el peaje exigible para recibir de manos de un sacerdote el perdón de Dios. De ahí, en buena parte, el abandono masivo del confesionario en los tiempos actuales. En muchos espacios de la Iglesia no se ha perdido el sentido del pecado, sino que se ha redescubierto el valor supremo de la dignidad. El único peaje imprescindible para obtener el perdón del Dios de la misericordia es una actitud de arrepentimiento sincero y el propósito de mejorar y enderezar la relación con Dios y los hermanos ante el ministro del sacramento.

Su argumentación está basada en oponer la confesión con la dignidad humana, como si el que se confesase perdiera dignidad. No es una acusación nueva, constantemente puede oírse en boca de los anticlericales que la confesión es el método de la Iglesia para controlar las mentes de sus feligreses. La igualación que hace el sacerdote del artículo de “dignidad” con “libertad” e “intimidad” hacen pensar de inmediato en la libertad de John Stuart Mill. En efecto, el caso parece calcado de una apología de la objeción de conciencia y el valor de la intimidad frente al Estado. Pero yo pregunto, ¿Puede reclamarse la dignidad como un límite puesto a Dios?

Olvida el sacerdote, lo que da mucho que pensar respecto de su formación, que nuestra dignidad proviene de Dios. Si nuestra dignidad es un límite a la acción del Estado, quien no puede menos que reconocerla, es porque esta no es una concesión otorgada por el Estado, a pesar de que ciertos lobbies así quieren ponerlo, sino que está es inherente a la naturaleza de todo ser humano, porque nos es dada por Dios. Dios, al hacerse hombre en la persona de Jesucristo, nos ha revelado la dignidad de cada persona, la dignidad a la que hemos sido llamados en el ideal de la santidad.

Por eso, si hay una violación grave a la dignidad humana es en el pecado, no en la confesión. El pecado no es otra cosa que el rechazo de la dignidad a la que Dios nos ha llamado en Jesucristo, la dignidad que Cristo con su resurrección nos ha donado. La confesión es, por excelencia, la recuperación de la dignidad humana. La confesión oral de los pecados no es otra cosa que reconocer lo lejos que aún estamos  de la dignidad a la que hemos sido llamados,  la traición de nuestra vocación a la santidad.

Recuerdo cuando el Papa pidió perdón en nombre de la Iglesia por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. En su momento me sentí realmente mal de ver al Papa, y con él a toda la Iglesia, de rodillas ante los medios y detrás de ellos tantos enemigos que siempre han buscado su destrucción. Pero luego, gracias a una entrevista del P. Santiago Martín, pude comprender que no hay acto más dignificante y engrandecedor que pedir perdón, bueno tal vez uno: perdonar. Pedir perdón es volver a repasar la frontera que nos separa de los animales, reconocernos seres dotados de voluntad, libres de la determinación de los instintos, y conscientes del ser y del deber-ser. A diferencia de aquel que es esclavo del pasado, y por negarse a abrir la intimidad del alma, lleva su mal hasta las últimas consecuencias, hasta hundirse por el peso de sus propios actos y errores.

Por eso creo que se equivoca el vasco cuando dice que “no se ha perdido el sentido del pecado”, pues si el sentido del pecado es justamente la pérdida de la dignidad, no tiene sentido que se esgrima esta contra la confesión. Hacerlo revela ante todo un rechazo a la condición de criatura, una vuelta a la vieja tentación de Adán de cubrirse y esconderse ante la vista de Dios y que Cristo recuerda en el evangelio de Juan:

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios." (Jn 3, 14 – 21)

El alma que rechaza la confesión es como un cuarto que permanece cerrado para que nadie vea la suciedad que hay en él. Mientras no se abra a la luz jamás podrá ser limpiado.

Termino señalando el hecho de que pareciera que el sacerdote se excusa el hecho de que los curas no se confiesen en el hecho de que los laicos tampoco lo hagan. Por el contrario, recuperando el carácter testimonial del sacerdocio como pedía Mons, Munilla, pocas cosas recuperan tanto el valor de la confesión a los ojos de los laico como saber que el sacerdote que los confiesa también se confiesa. Es la mejor señal catequética para enseñarles como tras la confesión  se encuentra siempre Cristo. El sacerdote que confiesa sin confesarse termina por convertirse a los ojos de los demás en el origen del sacramento. Así como el sacerdote que termina quedándose con las absoluciones generales, defendidas por el guipuzcoano, degrada su sacerdocio al nivel de un mero funcionario eclesial, repartidor de perdones. En el mundo de hoy, en que la persona pierde su esencia en manos de estadísticas, categorías y masas, la Iglesia no debe abandonar el privilegio del encuentro personal y del diálogo cara a cara.

11 de septiembre de 2011

One Comment leave one →
  1. alvaromenendezbartolome permalink
    15 septiembre, 2011 14:29

    Tienes razón, esas argumentaciones basadas en oponer la confesión con la dignidad humana, “como si el que se confesase perdiera dignidad”, carecen de lógica. El dinamismo del sacramento de la Penitencia no tiene nada que ver con la comparecencia ante un tribunal jerárquico sino con la fuerza (dýnamis de la gracia). El sacramento del Orden, que junto con el del Matrimonio es uno de los dos que están al servicio de la comunidad eclesial, manifiesta aquí un servicio. Esto no niega, evidentemente, que el Orden implique el triple ‘munus’ y disponga la imposición y levantamiento de penas canónicas. Pero hay que ir a la naturaleza misma del pecado para reconocer cómo éste supone una escisión de la comunión (la cual supone también una gradación: venialidad, mortalidad).

    El caso es que el argumento en contra del sacramento de la Confesión que aquí se rebate carece de inteligencia y es más fruto del espíritu del mundo que de la sana intención de seguir la Tradición de la Iglesia.

    Un saludo.

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