Skip to content

Una cuestión personal

1 agosto, 2011

-Bird… -gritó Himiko, secándose con una gran toalla-. Hoy existe riesgo de embarazo. ¿Has venido preparado?

-No.

¡Embarazo! Las espinas al rojo vivo de la palabra le perfo­raron hasta el tuétano. Dejó escapar un gemido de aflicción.

-Pues entonces tendremos que pensar en algo, Bird.

Himiko depositó la jarra en el suelo, que produjo un ruido parecido a un martillazo, y regresó junto a Bird frotándose el cuerpo con la toalla. Bird tapó con una mano su pene lán­guido, avergonzado.

—Lo perdí de repente —dijo—. ¡Himiko! Ahora no sirvo para nada.

Respirando fuerte, Himiko bajó la vista y le miró sin dejar de secarse el cuerpo. Parecía especular sobre el significado oculto en las palabras de Bird. El olor de su cuerpo despertó intensos recuerdos de los veranos en la universidad, cuando estaban juntos, y Bird contuvo la respiración: el olor de la piel mojada tostándose al sol. Himiko arrugó la nariz como un cachorro de Shinainu [Un tipo de perro de lanas indígena de Japón. (N. de la T.)], y lanzó una carcajada cortante y seca. Bird se puso escarlata.

—Eso es lo que tú crees —dijo ella como al pasar y se dis­puso a echarse sobre él.

Sus pequeños senos sobresalían como colmillos. Bird se sintió urgido por un instinto de autodefensa. Escondió más su pene y puso el otro brazo sobre el vientre de Himiko. En­tonces, palpando la suave carne de la chica, sintió un hormi­gueo en la piel.

-La palabra «embarazo» tiene la culpa -dijo, intentando justificarse.

-No es para tanto -objetó Himiko.

-Me ha golpeado con mucha fuerza. ¡«Embarazo» es la única palabra que no soporto!

Himiko se cubrió los pechos y el abdomen con los bra­zos, tal vez porque Bird se obstinaba en ocultar el pene. Como los luchadores de otros tiempos que se enfrentaban desnudos: defendían sus partes más vulnerables con las ma­nos y se mantenían alertas a cualquier movimiento del ad­versario.

-¿Qué te ocurre, Bird?

Bird empezó a comprender la gravedad de la situación.

-Esa maldita palabra me ha afectado…

Himiko juntó las rodillas y se sentó junto al muslo de Bird, que le hizo sitio en la estrecha cama. Ella tocó suave­mente la mano de Bird que ocultaba su pene.

—Bird, puedo lograr que se endurezca lo suficiente —dijo en voz baja pero con convicción—. Ha transcurrido mucho tiempo desde el depósito de madera.

Bird se sumergió en un desamparo oscuro y lúgubre y so­portó el cosquilleo que los dedos de Himiko le producían en la mano. ¿Sería capaz de presentar convincentemente su propio caso? Lo dudaba. Pero tenía que explicarse, saltar la barrera de esa situación difícil.

—No es cuestión de técnica -dijo, apartando la mirada de los pechos de Himiko—. El problema es el miedo.

—¿El miedo?

La chica pareció darle vueltas a la palabra, intentando descubrir el meollo de una broma.

—Le temo a las cavidades oscuras donde fue engendrado mi monstruoso bebé -intentó explicarse Bird—. Cuando le vi con la cabeza envuelta en vendas, pensé en Apollinaire. Suena cursi, pero sentí que al bebé lo habían herido en el campo de batalla. A él le alcanzaron en una batalla solita­ria, dentro de un agujero oscuro y sellado que nunca he visto…

Mientras hablaba, recordó las lágrimas dulces y salvadoras que habla derramado en la ambulancia,.. Pero las lágri­mas de vergüenza derramadas en el corredor del hospital, ésas sí que eran imperdonables.

—… No puedo mandar mi pene enfermizo a ese campo de batalla.

Kenzaburo Oé, Una Cuestión Personal. Capítulo 7

No comments yet

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s

A %d blogueros les gusta esto: