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Carta abierta de un pre-seminarista a José Luis Cortés

5 marzo, 2011
 
Estimado José Luis:
 
Comienzo llamándote “estimado” más como una esperanza que como un sentir actual, pues da la casualidad que he venido a saber de ti recién a partir de este caso tan desafortunado. He encontrado algunas, no diré muchas, viñetas tuyas que expresan una cierta inquietud espiritual, lo que me da un pequeño atisbo de esperanza. Realmente quisiera llegar a conoceros mejor, más profundamente, para aliviar la imagen tan desfavorable que me he hecho de ti luego de leer el artículo tuyo en Religión Digital.
Puede que no sea el destinatario de la carta, pero me resulta imposible no sentirme afectado de forma directa por ella. Soy un joven de 21 años y estoy realizando el proceso de discernimiento vocacional para ingresar al seminario conciliar de la arquidiócesis de Bogotá. No ha sido en absoluto una decisión fácil, he tenido que abandonar todos los proyectos que me había hecho para mi carrera y mi “autorrealización”. Justo cuando terminaba mi universidad y me preparaba para el mundo profesional, se me ha aparecido Cristo como a los discípulos de Emaús y me ha hecho cambiar el rumbo (Lc 24, 13-33).
En tan breve caminar me he topado con el milagro tan grande que es el ministerio sacerdotal, y he encontrado en él una huella indeleble de Cristo muerto y resucitado. Fue esta la razón por la que se derrumbaron todos los peros que le había puesto al llamado que me hacía Jesús.
Optar por el celibato es una de las decisiones que pueden ser juzgadas como las más irracionales, y más aún hoy en día (1 Co 1, 18ss), pero es justamente el celibato uno de los aspectos de la vida sacerdotal que permiten acercase y comprender a profundidad el misterio del orden. Yo también me hacía planes de enamorarme, casarme y construir una familia; el celibato fue por un buen tiempo la única razón para ignorar el llamado que Jesús me hacía. Sin embargo, a causa de la insistencia e intensidad del llamado, tuve que enfrentar ese miedo y atacar con todos mis porqués. No fue sino hasta entonces que comprendí el valor tan alto que me pedía Cristo. Tal vez sea mi mala costumbre de dejarme llevar por los retos, pero una vez que el celibato transformó ante mis ojos el “funcionariado clerical” (como lo llamas), en una entrega total y absoluta que no exige nada para sí, fruto del más puro heroísmo (Mt 19, 12), no pude decir que no.
Me llenan de extrema preocupación las referencias que haces al libro del cual la carta no pretende ser más que un vehículo publicitario. Porque aunque sea mínimo el número de sacerdotes que atestigua, revela un problema serio: Hay sacerdotes que son ordenados sin haber entendido bien en qué es en lo que se están metiendo. Seguramente invadidos por el ímpetu y la idea equivocada del Reino de Dios hay respondido apresuradamente como Juan y Santiago, “podemos” (Mt 20, 22). Con la pequeña diferencia de que han huido al presentir la cercanía de la cruz.
El sacerdote es una ofrenda viva que, como el ácimo en la eucaristía, ha sido separada del mundo (Jn 17, 16), abandonando la “repostería” del mundo, donde podría untarse de los sabores más exquisitos, para presentarse, con la insipidez de una hostia, en el altar y servir de vehículo para que Cristo Jesús se manifieste entre nosotros (Jn 17, 10).
Me preocupa aún más la forma como justificas la violación al voto del celibato: “En algún momento, por los caminos más variados, Dios, celestina celestial, puso en el camino de todos ellos a una mujer. De repente, cuentan, "el enamoramiento dejaba de ser una traición para ser una alternativa, una maravillosa posibilidad.”” Es una mala costumbre que se ha popularizado en el mundo de hoy, esa de pretender justificar absolutamente todo lo que haga uno, y por la forma tan buena en que lo haces creo que hubieras sido un excelente político. Parece que esa vieja costumbre retardataria y oscurantista de aceptar los errores y pedir perdón sólo cabe en la manipulada cabeza de un buen cristiano.
Coincido con Bruno Moreno en que la frase que citas bien podría aplicarse a cualquiera que trate de justificar su adulterio, con el agravante de que la violación del celibato es despreciar el amor de nadie menos que del mismísimo Jesucristo. Me perdonarás que lo tome tan personal, pero es que resulta que cuando le presenté mis dudas a un amigó que entró al seminario, acerca de si sería capaz de honrar el voto de celibato, él me respondió: “Cuando se ama y se es amado, uno no tiene por qué buscar el amor por fuera de casa.” En la relación sacerdotal (aunque te resulte increíble, si, el sacerdocio es una relación con una persona concreta) Jesús cumplirá su parte, así que la infidelidad no podrá venir por nadie más que por nosotros. El padre Nelson Antolínez se tocaba el alzacuellos diciendo, “Igual que el anillo de matrimonio, este cuello me recuerda todos los días que yo ya no me pertenezco, que yo ya no vivo para mí.”
Me confirma mi percepción el que digas “qué sentido tenía vivir en medio de la gente con el corazón obligatoriamente en cuarentena”. Hay que haber perdido toda fe y toda esperanza en Cristo para llegar a decir que seguirle y amarle es “encuarentenar” el corazón. Un hombre casado tiene que haber dejado de amar a su mujer para ir y “revivir el corazón” en el adulterio, lo mismo, y con la gravedad antes mencionada, puede decirse de un sacerdote.
Por eso es que quise dejar bien claro al principio que una de las cosas que primero abandoné al atender al llamado fue la posibilidad de “autorrealización”. Bajo ese pomposo y modernísimo nombre se esconde uno de los principales enemigos de Cristo, la autosuficiencia. Un verdadero cristiano, y más aún un sacerdote, sabe bien que no se puede seguir a Jesús sin antes negarse a sí mismo (Mt 16, 24). Ese día rezaba yo en mí cuarto, con la angustia de haber estudiado Ciencias Políticas y no poder llevar a cabo mis proyectos por seguir el llamado de Jesús, cuando me topé con las palabras de Jesús en el huerto y mientras las rezaba sentí que se hacían verdaderamente mías: “Padre, que no se haga mi voluntad, sino la tuya.” (Mt 26, 39)
De ahí que cuando dices, o citas : “porque "un trabajo civil que te dé independencia y autorrealización social va limando y liberándote de la situación de poder y de superioridad que el estatus de cura facilita en la sociedad" (126).” Dejas ver con toda claridad que ese “puntal que tambalea toda la estructura” y que “hay que remover” no es otro que Jesús Cristo. El mismo Jesús que vino a traer fuego (Lc 12, 49) para ser “causa en Israel de que muchos caigan y otros muchos se levanten. Es un signo de contradicción, puesto para descubrir los más íntimos pensamientos de mucha gente” (Lc 2, 34-35). Ese Jesús, que así como no dio menos que todo, no nos pide menos que todo, es el que hace tambalear toda la estructura; porque te resulta imposible que “un Jesús espiritualista y abstracto” hable y actúe con voz propia a través sus apóstoles, (Mt 10, 40) y esté con nosotros todos los días hasta el fin de este mundo (Mt 28, 20).
Quisiera terminar diciendo que estoy completamente de acuerdo con que "la ley del celibato y sus secuelas no es una cuestión de curas, sino que nos afecta a todos", pues el ofrecimiento total y absoluto a Cristo no es una decisión aislada, sino que es el fruto de una espiga cuidada y una tierra buena (Mt 13, 3-23); de modo que además es uno de los mejores indicadores de la buena salud de la grey del Señor. Tus amigos del MOCEOP, lo asumo por los elogios que les prodigas, en el fondo no están provocando dudas sobre el celibato sacerdotal, están provocando dudas acerca de si vale la pena ser sacerdote hoy en día.
Me despido con todo el sentimiento que me provoca el asunto. Perdóname si te parece que soy extremadamente duro, pero como dije antes, este asunto me afecta directamente así que espero comprendas que lo haya tomado de forma tan personal. Ocurre que para nosotros los fanáticos, los trepas, los miedosos, los tarados, el mensaje de Cristo es una cuestión de vida o muerte (si no pregúntale a Shahbaz Bhatti). Te repito mis deseos de conocerte personalmente para poder corregir la mala imagen que me he formado de ti.Logo
 
Con toda la caridad que puedo

 

Jesús Herrera

5 de marzo de 2011

3 comentarios leave one →
  1. 5 marzo, 2011 6:12

    Enhorabuena por la carta, Jesús. Es estupenda.

    La he recogido en mi blog, para animar a los lectores a pasar por éste blog, que no conocía y que me ha parecido interesantísimo.

    Saludos.

  2. Juan Ignacio permalink
    5 marzo, 2011 6:28

    Brillante, estimado Jesús. Estoy covnencido de que, tomes el camino que tomes, serás una persona auténtica, si sigues dejándote hacer por el Señor (tal y como demuestras).
    Se notas que tu también estás traspasado, pero por el Amor de Dios. Algunos tenemos tanto que aprender aún.
    Gracias, de corazon, por tu testimonio, por tu carta.
    Rezo por ti.
    Unidos en Cristo y en Maria

  3. P. Guillermo Steckling, OMI permalink
    5 marzo, 2011 7:59

    Gracias, hermano!

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