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Contra el “espiritualismo” contemporáneo

27 febrero, 2011
“Uno de los aspectos del actual espíritu tecnicista se puede apreciar en la propensión a considerar los problemas y los fenómenos que tienen que ver con la vida interior sólo desde un punto de vista psicológico, e incluso meramente neurológico. De esta manera, la interioridad del hombre se vacía y el ser conscientes de la consistencia ontológica del alma humana, con las profundidades que los Santos han sabido sondear, se pierde progresivamente. El problema del desarrollo está estrechamente relacionado con el concepto que tengamos del alma del hombre, ya que nuestro yo se ve reducido muchas veces a la psique, y la salud del alma se confunde con el bienestar emotivo.” (Caritas in Veritate, 76)
En la última edición de la revista Credencial, brilló en la portada el artículo principal, titulado: El ‘boom’ del espíritu. La espiritualidad parece renacer. En él se aborda desordenadamente diferentes conceptos y opiniones para exponer un hecho: En occidente se volvieron populares las prácticas místicas importadas de diferentes religiones de Asia. El artículo enfatiza mucho en el hecho de que la expansión de estas prácticas se realizan como una opción más libre frente a las religiones tradicionales, quien adopta el Yoga o la meditación Zen no está obligado a ceñirse a un credo específico. Gran parte del artículo gira en torno a la oposición entre religiosidad y espiritualidad. No acostumbro yo a escribir artículos en respuesta a otros, sin embargo en esta ocasión se me presenta la oportunidad de abordar el tema del espíritu respondiendo a este artículo.
El centro de la cuestión que propone el artículo se encuentra en una afirmación atribuida a Ignacio Zuleta, llamado Dharmadeva, quien dice: “Hoy se puede ser inmensamente espiritual sin ser religioso, o inmensamente religioso sin un asomo de espiritualidad”. ¿Es eso posible? El problema fundamental está en esclarecer lo que entienden ellos por “espiritualidad”, y ver el papel que juega la religión en la espiritualidad personal.
Observemos algunos apartes del texto que nos permitirán entender lo que quieren ellos decir con la palabra espíritu:
Pero tal vez en medio de ese fascinante caos, como pasajero de un taxi o como caminante, esté alguno de los que aquella mañana practicaban yoga en ese lugar. ¿Qué lo diferencia de los demás? Nada, al menos en apariencia. Sin embargo, es posible que no sucumba ante el estrés, como la persona que tiene a su lado; o que sienta un gran bienestar físico y mental. O que esté en medio de una… de una experiencia espiritual. Es decir, que no asuma el yoga como un ejercicio (lo que es bastante común en occidente y mal visto por quienes saben del tema), sino que haga parte de los millones de habitantes del planeta que ponen sus ojos en las milenarias culturas orientales en busca de un camino, de una guía, de una forma de contacto con lo trascendente.
Por ahora digamos que una de las características de la espiritualidad de hoy es que no hay que ‘casarse’ con alguna creencia, no hay que jurarle fidelidad a una única forma de entender a Dios. Digámoslo así: hoy se puede ser (o al menos se es) católico al tiempo que se practica yoga, se cree en la reencarnación, se hacen danzas sagradas y se consultan las runas de vez en cuando. Cosas que hace unas pocas décadas se hubieran considerado absurdas y hasta pecaminosas.
"Hay cierto grado de saturación con el materialismo extremo del capitalismo. Con la aparente saciedad de lo material (que es muy clara en ciertos países europeos, en los que la mirada hacia el misticismo oriental ha estado disparada en las últimas décadas), surge el descontento íntimo, como el de un niño mimado que lo ha tenido todo y quiere algo nuevo. Una vez más, hay tiempo y condiciones para retornar a la búsqueda esencial. Cuando las generaciones tienen las necesidades ya satisfechas, empiezan a preguntarse: ¿y ahora qué? ¿cuál es mi origen? ¿para dónde voy?"
“El tener que enfrentarme a descubrir quién soy requiere de un enorme coraje, mucha disciplina y mucho trabajo. Sólo he comenzado a mirar, pero en algunas de las experiencias que he tenido he querido salir corriendo a refugiarme en lo fácil, en ‘lo normal’, en las distracciones y el entretenimiento. Muchas veces me he sentado durante días en silencio, con una gran lupa, a ver quién soy y he tenido que develar desde lo más hermoso hasta lo más horroroso, lo que ha sido muy difícil.”
Ahora, cuando todo ―desde la medicina hasta la decoración, pasando por la economía y la sexualidad― se ve tocado por la onda mística, es innegable que la idea se reproduce, crece de una forma casi viral y nos lleva a terminar dándole un toque espiritual a todo, hasta lo más mínimo.
Ante las muy posibles acusaciones de que estoy pidiendo teología a un articulista de revista “cultural”, he de remitir más arriba donde advierto que no respondo al artículo más que por la oportunidad que me brinda de tocar el tema. Y además, creo que es el autor del artículo el que escogió abordar un tema de tanta profundidad teológica, así que la ignorancia no es excusa.
A partir de los anteriores fragmentos podemos deducir dos elementos fundamentales de lo que ellos llaman “espiritualidad”: Por un lado, una identificación de lo “espiritual” con lo invisible, a esto refieren claramente expresiones como “cuando todo ―desde la medicina hasta la decoración, pasando por la economía y la sexualidad― se ve tocado por la onda mística” y “una forma de contacto con lo trascendente”; por el otro, un proceso de auto-afirmación,  una “guía” para quienes andan perdidos en el mundo y necesitan “encontrarse a sí mismos”, una forma de encontrar “armonía y equilibrio interior” y un “descanso para el alma”.
¿Choca esto con la religiosidad? ¿De qué modo? Lo primero que hay que recalcar es la sospecha constante desde lo religioso hacia lo invisible. La existencia de la religión parte de reivindicar la visibilidad de Dios, esa es su constante lucha. Pensar en la religión afirmando la existencia de lo invisible la destruye, pues la convierte en superstición y termina por abandonar la realidad. La “realidad invisible” es fruto más de la filosofía platónica y sus hijas religiosas, que de una religión en particular. Posteriormente, en otra entrada, explicare cómo el mundo de hoy es terriblemente gnóstico.
Luego tenemos el siguiente punto, la construcción de la “paz interior” y la “armonía interna". En general, casi todas, si no todas, las religiones son planteadas como un camino. Una propuesta acerca de un modo de vida, pero siempre en clave teleológica, refiriéndose a una meta a la cual haya que alcanzar. No conozco la primera religión que sostenga su propuesta de modo de vida sin una promesa, un fin que la justifique.
Algunos me preguntarán si es que acaso no considero al Budismo como una religión, pues habrá quien vea ambos aspectos presentes en el Budismo. Creo que eso último se debe más al hecho de que la consciencia gnóstica presente en la mentalidad occidental actual lee al Budismo de esa forma, sin que este realmente lo sea.
¿Quiere decir ello que las religiones cierran la espiritualidad de la persona? La segunda cita lo deja muy claro: En la “espiritualidad” no hay que casarse con ninguna creencia específica. Esto que parece muy liberal, viola la religiosidad de la persona. Al autor le parecerá que desde la espiritualidad es normal ser católico y creer en la reencarnación; esto es un contrasentido, pues si se cree en la reencarnación pierde todo sentido creer en Jesús.
Dentro de las religiones siempre es posible encontrar un movimiento que precede al caminar propuesto, y que lleva dirección contraria. Desde la meta del camino se habla a la persona, siendo esto lo que lleva a caminar: la revelación. En todas las religiones la esperanza está soportada en una revelación que llega al hombre y provoca en el la fe. En el cristianismo se presentó una controversia acerca de si la salvación venía por la fe o por las obras, es decir, si uno se salva simplemente creyendo en Jesús, o si es necesario hacer obras buenas para ganarse la salvación; controversia meramente aparente, pues es claro que creer mueve a ser, la fe mueve a las obras, la revelación nos hace caminar hacia ella.
Entonces, ¿Qué clase de Ser nos propone esta “espiritualidad” que no implica creer en nada específico? A no Ser nada en específico. No es fortuito que esta “espiritualidad” aparezca en el momento cumbre de la economía de mercado, ni que su expansión se coordine con una exigencia por parte del mundo a que la religiosidad se restrinja a su mínima expresión, en la “satisfacción de necesidades espirituales”. Esta “espiritualidad” contemporánea, no es otra cosa que la religiosidad tal y como el mercado la quiere. Un producto de consumo que es fácilmente adquirible para la solución de necesidades especificas. De ahí que cuando esta “espiritualidad” habla del más allá no lo hace de forma teleológica,  y aún cuando a veces su discurso parecería ir en ese sentido, en el fondo se percibe perfectamente que el “mas allá” funciona como una herramienta que puede ser aprovechada para la consecución de fines perfectamente mundanos como los anteriormente mencionados.
¿Cuál es entonces la espiritualidad que nos proponen las religiones? Como dije anteriormente, creer mueve a ser. La revelación lleva a la persona a encaminar su vida hacia un fin trascendente, no aquí entendido simplemente como un “más allá”, como cruzar la barrera de lo real, sino a través de la decisión respecto de un proyecto de vida determinado. A pesar de que en algún momento las religiones traten de explicar su propuesta ética a través de un principio de acción universal, siempre es mucho más elocuente el perfeccionismo ético que produce el ejemplo. La trascendencia no consiste simplemente en procurarse los medios para poder cruzar al “más allá”, como seguir un camino, una vocación determinada. Darle a la propia vida una dirección irrenunciable que se termina convirtiendo en nuestra definición.
Es un craso error asumir el espíritu como algo invisible, como un fantasma que habita en nuestro cuerpo y cuyo estado nos implica emotivamente. El espíritu, el alma, implica nuestro Ser. Una verdadera propuesta “espiritual” se refiere a la ontología personal, cualquier otra cosa es charlatanería. Diría alguien, “bueno, ellos también proponen caminos para hallarse a sí mismo, ¿eso no es ontología?”. Podríamos admitir que lo fuera, pero sólo cumpliendo con lo antes mencionado, la toma de decisión por una vocación específica. El ser humano vive en una tensión constante entre lo que Es en un momento determinado, producto de su carga innata y su biografía, y su posibilidad de Ser, su proyecto de vida. “¿Cuál es el sentido de la vida?” parece ser la gran pregunta para la espiritualidad. Quien examine la pregunta encontrará allí la confirmación de lo que he dicho: “sentido” no sólo es un significado, es una dirección. Preguntarse ¿Cuál es el sentido de mi vida? equivale a ¿Quién quiero ser?
Ahora, ¿Cómo se encuentra uno a uno mismo? Si de Sócrates se hizo famosa la frase “conócete a ti mismo”, no es precisamente porque sea una cosa sencilla. Si algo puede verse actualmente con el fenómeno de las “tribus urbanas” es justamente una crisis de identidad. La modificación del aspecto como símbolo de identidad expresa una necesidad de reconocimiento por parte de quien pertenece a estos grupos. Aquí he tocado un punto al que quería llegar, el del reconocimiento como cimiento fundamental de la identidad. Uno puede “proyectarse” la identidad que le plazca, querer ser quien sea, pero esto sólo se convertirá en frustración si la persona se considera de cierta forma y las demás personas no son capaces de percibir en ella esa identidad.
¿Puedo ser quien yo quiera?¿cómo? El “querer” es siempre un impulso subjetivo, no porque se quiere algo, eso sea o deba ser. Nada hay más peligroso que dejar que la subjetividad absorba nuestra realidad. El mundo es exterior a nosotros y no sólo es objeto, también hay un sinnúmero de sujetos alrededor nuestro. Pretender Ser a través de un proceso de aislamiento del mundo, de encerramiento en introspección de nosotros mismos, sólo hará que nuestro Yo devore todo lo que nos rodea y terminemos sufriendo de la náusea Sartriana.
Vocación es llamado. La vocación es una atracción exterior a nosotros que nos impulsa a salir de nosotros mismos y a ir al mundo. El ser humano sólo Es en la medida en que sea para los otros. El problema del reconocimiento aparece justamente cuando pretendemos Ser sin los otros. El hombre es un ser social y necesita Ser con otros, y Ser para otros. No existe mejor forma de “encontrarse a sí mismo” que a través del servicio y la entrega hacia los demás. No es algo fácil, implica dejar de lado gran parte de nuestro querer y comenzar a negarnos en favor de los demás. Implica convertirse, tomar nuestra vida y redirigirla hacia los demás.
El compromiso que produce esta vocación en la vida de quien la encuentra es el gran “problema” que el mundo moderno ve en las religiones. Llevan el “espíritu” a una transformación de la vida pública de cada persona, se convierten en un movimiento contracultural. El sistema moderno basado en el individualismo, en que toda expresión del espíritu ha de ser reprimida a la intimidad privada, no puede permitirse la existencia de una espiritualidad enfocada hacia la transformación de la sociedad.
Es por esta razón que esta “espiritualidad” contemporánea resulta tan atractiva frente a las religiones, uno no se convierte a la “espiritualidad” mientras que las religiones si exigen una conversión. ¿Qué quiere decir esto? Bien lo explica un artículo en el sitio de Apologética Católica:
No hay desgarros ni crisis, no se inicia ninguna larga marcha hacia un horizonte objetivo de pureza ontológica, no se libran duros combates espirituales, no se experimentan las tensiones y paradojas de la fe. Y tal vez lo mejor de todo: el budismo adaptado al uso de Occidente no plantea ningún serio desafío a las convicciones habituales del hombre moderno, que compatibiliza su nueva espiritualidad con su antigua e inamovible defensa de los anticonceptivos, de la mentalidad divorcista, de la sexualidad liberal, del aborto como cuestión fiada a la opción personal del sujeto; y, más en general, el budismo es compatible con su visión de la vida como singladura sin otro rumbo que la exploración infinita de los laberintos de la subjetividad.
(…)
Tal es su criterio de lo verdadero y de lo falso, del bien y del mal. Cualquier recordatorio de que existe una objetividad del ser, una estructura objetiva de la realidad independiente de las opiniones individuales, se considera un signo de fascismo filosófico (así, el progresismo contemporáneo ha llamado fascista a Susanna Tamaro). Y, puesto a elegir una religión, se diseñará una sin Dios, sin molestas objetividades, sin abismos ni compromisos profundos, sin inversiones a fondo perdido. De aquí nace el neo-budismo adaptado al gusto occidental.
Si quisiera expresar el verdadero impulso del espíritu en el mundo, esta sería: No quisiera morir y que el mundo siguiera como si yo jamás hubiera pasado por él.Logo

27 de febrero de 2011

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