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La Confesión

3 febrero, 2011
Hace unos días caminaba hacia mi casa mientras veía como quitaban las luces navideñas de lo ángulos de los edificios. Veía como tenían que esforzarse haciéndolo, y mientras los veía recordaba que hacía menos de dos meses los estaban colocando. Las mangueras de luces cubrían todos los ángulos exteriores del edificio, y estos hombres debían subir hasta el techo para instalarlas y luego para recogerlas. Pensé yo: ¿No sería mejor dejarlas ahí desconectadas para que en diciembre sólo sea conectarlas y ya? Pero en el fondo el problema no era ese. La navidad se estaba acabando, había comenzado hacía poco con toda su parafernalia y ya se había acabado; nuevamente todos a la vida normal.
¿De qué sirve la navidad? Me explico, ¿Qué hace que valga la pena celebrarla? ¿Qué ganamos o perdemos con celebrarla o con no hacerlo? Estamos acostumbrados a realizar un montón de acciones sin reflexionar acerca del por qué de ellas. Deberíamos pensar en la situación de quien no conoce la navidad, o conociéndola nunca la ha celebrado, para preguntarnos si realmente hay algo que nos motiva a hacerlo más allá de la propia costumbre. Una vez retiradas todas las luces del edificio, el edificio seguía siendo exactamente el mismo. ¿Qué le dejó la navidad que acababa de pasar?
Es natural que el tiempo nos atrape en ciclos, es decir, es la naturaleza misma la que nos mueve en sus permanentes ires y venires. Casi nos parece que el tiempo es exactamente el mismo, sino que se repite infinitas veces. Casi estaría dispuesto a creer que realmente existe un eterno retorno, y la naturaleza nos envuelve en una rueda sin fin de días y años que pasan. Como el sol que sale cada día y se vuelve a ocultar, así vendría a ser esta navidad: no habría razón alguna para que nos dejara nada nuevo, simplemente es parte del tiempo.
También yo, yendo una y otra vez ante el confesionario, cada mes, a confesarme por los mismos pecados… sólo sería parte de mi naturaleza. Pero, ¿En realidad es así? ¿Estamos obligados por la naturaleza a caer continuamente en el pecado? El rey David se reconoció nacido en el pecado (Sal 50, 5), pero admitir al pecado como definición nuestra nos encierra de por vida en él. Una de las más comunes objeciones que oigo frente al sacramento de la confesión es que los pecados son asuntos muy privados de la vida de uno que no hay que sacar a la luz, que hay que decirle a alguien tan pecador como uno.
Por lo menos desde los tiempos de la redacción del Génesis hemos sabido ya la diferencia elemental entre el ser humano y el animal (Cosa que sería bueno recordarles hoy a muchos): La vergüenza (Gen 3, 8 – 13). No se ha conocido jamás un animal que sea capaz de sentir vergüenza, asco o risa. Tres expresiones que parten de un mismo impulso de la consciencia: la contradicción en la posibilidad del ser. Hemos visto ya que, ante todo, el ser humano es un ser posible. La vergüenza de Adán y Eva, y con ellos de toda la humanidad, es el saber que pueden ser mucho mejores de lo que son. Un perro que se detiene a comer el vómito que un borracho dejó junto a un poste no siente vergüenza o asco ninguno, su acción no corresponde a una decisión voluntaria sino a un instinto natural, y por eso mismo no tiene conciencia de lo que hace. Por el contrario, el hombre que peca es plenamente consciente de que ese pecado no es lo que se merece, no es para lo que nació, sabe bien que puede ser mucho mejor que eso y esa contradicción es lo que le produce vergüenza. La vergüenza no es otra cosa que sentir el asco dirigirse hacia nosotros mismos.
Es de animales el eterno retorno. Su vida no es mayor cosa que la repetición diaria de la misma rutina predeterminada por el instinto. Su muerte alimenta el suelo y disuelve su “vida” en el conjunto de la naturaleza. Clonar un animal no será motivo de asombro o hecho que trascienda, al fin y al cabo cada animal no es otra cosa que la respuesta concreta dada por el instinto general al entorno particular. Pero la humanidad rechaza cualquier temporalidad cíclica y nos sitúa en el caminar del tiempo. Presente, pasado y futuro revelan la existencia de un Ser en nosotros que está constante cambio y nos obliga a asumirle. Un perro callejero que se come las sobras del almuerzo que le lanzamos nos provoca simpatía, un indigente haciendo lo mismo no podría provocarnos otra cosa que repulsión: inconscientemente reconocemos que esa persona, que no conocemos, no merece esa vida y ese trato. El hecho de que reconozcamos eso de una persona de la cual no sabemos nada sólo puede significar que estamos ante el significado de la dignidad humana. La humanidad posible y la voluntad que crea esa posibilidad, la libertad de optar o no por ella, nos impulsan a movernos, a perseguir esa posibilidad y a decidirnos por un futuro enteramente nuestro.
La persona que guarda sus pecados para sí como una parte muy personal, muy propia, de su vida, comete un gravísimo error: Esconde ese mal profundamente dentro de su Ser y le acerca peligrosamente a su identidad, corre el riesgo de terminar identificándose con el pecado y en el momento en que diga: “es que yo soy así”, se negará cualquier posibilidad de mejorar. La confesión implica, por el contrario, sacar eso de entre nosotros y ver el mal sin buscar la auto-justificación para poder decir: “definitivamente yo no soy así”. No debemos ir ante la confesión como aquel que tembloroso estruja su sombrero con las manos mientras le implora misericordia a Don Corleone. Hemos de ver en la confesión el momento en que Cristo baja de la cruz y nos extiende la mano para levantarnos y ponernos nuevamente en camino. Huimos de la confesión viéndola como un momento harto sin darnos cuenta que el sacramento es la oportunidad por excelencia, la oportunidad que Cristo Jesús nos da de ser mejores.
Propongo que tomemos la confesión como un modelo de vida. La conversión no es sólo un momento particular de nuestras vidas en que tomamos la decisión de asumir nuestra vocación, sino también el camino que le sigue, el esfuerzo permanente por corregir el curso para no desviar del camino hacia Jesús. Cada una de las partes de la confesión nos revelan la profundidad de un proceso en el que reconocemos nuestras propias debilidades, nuestro pecado, y frente a él, el amor y la misericordia infinita de Dios, para ver luego la distancia tan grande que aún permanece entrambos y asumir finalmente esa distancia con un cambio de vida.
Podemos seguir viviendo según la naturaleza, como los animales, viendo pasar el tiempo sobre nosotros como el edificio al que se le ponen y quitan las luces de navidad sin que eso le deje absolutamente nada, o podemos asumir esa vocación que reside en lo más profundo de nuestra humanidad. Podemos vivir justificando una y otra vez nuestras acciones, reconociendo implícitamente nuestra identidad con el mal, o podemos pedir perdón de rodillas, admitiendo la grandeza para la cual hemos sido llamados y que no hemos honrado con nuestro actuar. No somos animales, y por ello la decisión no es de nadie más que de nosotros mismos.Logo

3 de febrero de 2011

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