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Sobre el amor (3ª parte)

17 enero, 2011
En esta ocasión, me detendré en un punto sobre el cual había pasado muy ligeramente en mi anterior blog, y que había dejado abierto a modo de pregunta en el primero de estos escritos dedicados al tema. Se trata de si sólo a través del amor se puede ser feliz, frente a un mundo en el cual la soltería se ha venido imponiendo como modelo de felicidad.
Hace unos días, veía una de las últimas películas que ha hecho Disney, Wall-E. Últimamente me he hecho muy escéptico respecto de las nuevas producciones de Disney pues encuentra uno malos argumentos diseñados para impulsar en los niños los valores de la sociedad contemporánea, pero en esta película encontré una hipérbole maravillosa de uno de los mayores males que sufre nuestra sociedad: La soledad y el aturdimiento.
En esta película los seres humano viajan todos es una gran nave espacial que les provee de absolutamente todo. Se llama axioma (Curioso nombre, es la versión científica del dogma). Allí las personas viven en la más absurda comodidad. Ni siquiera caminan, pues cada uno tiene una silla robot que los lleva a todos lados y les provee de absolutamente todo, aunque existen comedores nadie los usa pues con solo pedirla la silla lo provee. Los humanos se han vuelto moles redondas con pies y manos mínimas en el límite de la incapacidad absoluta. Con la silla, una pantalla de plasma para videoconferencia con que las personas se comunican entre sí. Viven conectados a ella todo el tiempo, cada uno en su vida, su mundo, su realidad, su verdad. Dentro del axioma cada uno tiene su realidad.
El vivir conectadas les imposibilita interactuar, la película presenta varias escenas en que las personas que conversan por videoconferencia pasan al lado unas de otras sin verse. Sólo hasta que Wall-E irrumpe dañando un par de equipos es que ellos pueden darse cuenta de todo lo que les rodea. Recientemente un sacerdote nos hablaba acerca de cómo hoy la gente le huye a la soledad y al silencio, pasamos el tiempo rodeados de gente, y sin embargo nos sentimos solos, llegamos a casa a buscar amigos en las redes sociales, existe trabajo de “acompañantes” (Aquí es mayoritariamente prostitución, pero en países como Japón el negocio se trata de fingir una cita y el sexo es opcional), la gente usa el mp3 para dormirse sin tener que oír el silencio, incluso en el nuevo libro Unprotected, una psiquiatra estudiantil cuenta cómo las jovencitas se sienten solas aún en medio de una relación.
¿Por qué se presenta la soltería como un modo de vida más feliz? Bueno, principalmente porque el mercado así lo necesita. El auge de la soltería ha hecho crecer negocios como la construcción y los servicios públicos domiciliarios, se construyen más casas para cada vez menos gente, y además de eso el soltero es un consumidor mucho más diverso y arriesgado, no sólo dedica más de su salario a consumo sino que consume en más tipos de productos.
Ahora, tampoco es posible afirmar que el mercado ha provocado intencionalmente la soltería, hay razones mucho más profundas por las cuales nuestra generación pareciera haber perdido la capacidad de amar. En primer lugar, un hecho duro que distingue a nuestra generación sobre las demás: Los padres divorciados. Nuestra generación, los hijos de la generación “free love”, han sufrido como ninguna anterior el hecho de tener que crecer en un matrimonio fallido. Puede que las estadísticas digan que es algo completamente normal, pues también dirían lo mismo de los homicidios en Colombia, una separación siempre es un paso dolorosísimo para los hijos quienes tienen que afrontar a su corta edad cómo el mundo, ese pequeño mundo que es su familia, se quiebra de forma irreparable.  Esto deja secuelas profundas en los niños que probablemente no se manifiesten sino cuando ya en la juventud comiencen a vivir una relación afectiva. Se ha vuelto una constante que cada vez que hablo con otros jóvenes acerca del amor verdadero me respondan: “Eso ya no existe”
En segundo lugar, esta generación ha sido, y es, el centro del mundo. Nos resultará difícil entenderlo, pues hoy la palabra “niño” es usada como sinónimo de “problema” y la gente lo “evita” y se “protege” de él, incluso se toman toda clase de medidas para evitar a toda costa que nazca, pero en la época de nuestra infancia el mundo se había volcado en la búsqueda de nuestro bien. Somos la generación de la Convención sobre los derechos del niño, la que más países firmantes tiene. Mientras la generación de nuestros padres recuerda un padre serio cuyo cariño escaseaba a cuenta de la repartición obligatoria entre una multitud de hermanos, nuestra generación  creció con padres dedicados enteramente a nosotros, y en una escuela donde se enseñaba que los niños son el tesoro más grande de la sociedad. Parques, eventos, bibliotecas, juegos, los niños de nuestra generación gozamos de todos los privilegios que podía conceder una sociedad, más o menos como lo que hoy es un grupo minoritario. ¿Ha cambiado en algo? ¿No está hoy el mundo entregado en las manos de los jóvenes? Abundan los movimientos de promoción juvenil, e incluso la política ve en la juventud un objetivo necesario, los países más “progresados” tienen políticas de juventud y ministerios exclusivamente dedicados a ella. Buena suerte para nosotros y mala para la generación siguiente, los niños de ahora sólo parecen importar en la medida en que acrecienten el consumo o sean materia experimental para el adoctrinamiento en las nuevas ideologías, al punto de que se les busca acortar la niñez lo más posible, con esto de la pre-adolescencia, para poder sacarlos de los “brazos opresores” de sus padres.
Todo esto nos ha hecho sumamente egoístas, hemos crecido con el mundo girando a nuestro alrededor y queremos que este continúe así. Somos la generación para la cual la realidad se codifica a través de derechos inalienables, extendemos el Yo alrededor nuestro como Bart Simpson con su etiquetadora. Era predecible que esto provocara problemas en nuestras relaciones afectivas. ¿Cómo hacer de otra persona algo mío? ¿Es posible que tengamos derecho a los demás? Mientras nuestros padres tuvieron que luchar incansablemente para poder tener algo que ofrecernos y ser lo que son hoy, nosotros crecimos en un mundo que nos proponía metas altas, se nos invitaba a soñar y crear un proyecto de vida ambicioso que debemos perseguir con todas nuestras fuerzas. ¿Cómo se puede esperar hoy un amor sincero de parte de jóvenes que no son capaces de renunciar a su proyecto personal de vida? Lo sé de buena fuente, el hacer un proyecto de vida compartido es parte fundamental en la mayoría de las preparaciones al sacramento del matrimonio y muchos matrimonios se han quedado en veremos por la incapacidad de los novios para desprenderse de sus metas particulares y hacer un proyecto de vida único para los dos.
¿Se puede ser feliz sin amar? No lo creo. La soltería encarna muy bien los valores de esta sociedad: individualismo egoísta, hedonismo, desenraizamiento de la  identidad, y sobre todo disposición plena para el trabajo. Una de las razones por las que los jóvenes no se casan es por el trabajo, el empleo que tienen les obliga a tener una disponibilidad de 24 horas y estar viajando constantemente. El soltero de hoy es dueño de muy pocas cosas, todo lo que posee es desechable, pero sobre todo no es dueño de sí mismo. El joven de hoy vive para un futuro inexistente desperdiciando su presente y arrojándolo apresuradamente al pasado. De tanto escuchar a los viejos hablar con nostalgia de sus juventudes pasadas no hemos metido en la cabeza una angustia existencial por “vivir”, es decir, por experimentar el mundo, antes de que nuestra vocación nos lo impida. Creemos que debemos gastar nuestra juventud al máximo antes de que llegue la madurez y nos coja con juventud sin usar, vemos con temor el paso del tiempo y con él la supuesta llegada de un futuro en el cual nuestra vida tomará un curso definitivo. Por eso se ha venido imponiendo la moda de gente que llega a los 40 sin saber todavía qué será de su vida, porque nos hacemos los de la vista gorda para ignorar que así como el pasado nos trajo hasta hoy, así el hoy nos llevará a mañana.
Tal vez la mayor de las ingenuidades de la juventud actual está en pensar que podemos hacer hoy sin que eso nos repercuta en el futuro. No estoy hablando de esa caricatura del karma en que nuestra acción genera una serie de acontecimientos que volverán a nosotros en el futuro. Es imposible defenderse o huir del pasado, porque no está alrededor nuestro sino dentro de nosotros, lo llevamos a todas partes y lo guardamos en lo más profundo de nuestro ser. Somos nuestro pasado. El ser humano es un ser social, no tanto por el hecho de que necesite a la sociedad para sobrevivir, sino porque necesita al otro para Ser. El ser humano Es en la medida en que se entrega plenamente a un otro, de todas las capacidades sociales del ser humano, sólo el amor, la capacidad integradora por excelencia, le permite Ser. De ahí que sea sobre el amor que nos juzgue nuestro pasado, si hemos “gastado” nuestra vida en el amor a los demás, la entrega total y absoluta al prójimo, llevaremos en nuestro ser el tesoro invaluable de todas esas personas con quienes hemos compartido nuestra vida, pero si por el contrario hemos “aprovechado” nuestra juventud en el disfrute de todo lo que nos rodea y nuestro pasado es un historial de toda la gente a la que hemos usado y por la que nos hemos dejado usar, no encontraremos en nuestro ser más que un vacío profundo, como el que deja un clavo al sacarse de una pared, producto de todas las heridas que nos hemos infligido a nosotros mismos y a los demás en nuestro afán por cosificar el mundo para apoderarse de él.Logo

17 de Enero de 2011

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