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Sobre el amor (2ª parte)

29 diciembre, 2010
Este escrito es continuación de uno que escribí hace varios años. Lo pueden encontrar aquí. En él abordé, siguiendo un texto de Ortega y Gasset, lo que, a partir de lo que evidencia el estado de aquel que se enamora, se puede conocer de la naturaleza del amor; concluyendo que el amor es necesariamente ontológico, es decir, que toca el Ser de cada persona a través de la identificación del otro con el propio proyecto de vida. En ese entonces dejé a modo de pregunta abierta la cuestión entre la propagación actual de la soltería y el hecho de que pensar en el amor como ontología lo hace necesario para la realización del Ser humano. Hoy puedo afirmar claramente que los resultados de la soltería no son muy alentadores: la capacidad integradora del ser humano le determina profundamente y una persona que se resiste a la relacionalidad del Ser, se revela interiormente vacía. Que el amor es ontológico podemos admitirlo como un hecho, pero ¿Qué nos puede revelar este hecho?
Podemos partir de tomar los rasgos particulares ontológicos del ser humano para aplicarlos al tema del amor. En ese sentido, lo primero que se puede mencionar sobre ello es que cada persona es un ser único e irrepetible, quiere decir, que cada persona es una realidad exclusiva de un tiempo y un lugar específico, no existen “dobles” de nadie ni en otro país ni en otra época. De ahí podemos afirmar la exclusividad del amor: en tanto que se ama a una persona por lo que ella Es, no es posible otorgar ese mismo amor a nadie más en el mundo.
Ahora, ¿Puede un padre amar a sus hijos? Si lo negásemos habría que dudar si realmente estamos abordando el amor verdadero. Quiere decir que esta exclusividad es relativa, claramente es posible amar a muchas personas a la vez pero no con el mismo amor. ¿Qué diferencia un amor de otro? el Ser de quien se ama, es decir el Proyecto de vida que representa. Mientras que el amor de los padres a sus hijos es un amor que no deja de serlo por ser unilateral, puesto que representa la donación total de los padres en favor del proyecto de vida de sus hijos, el amor conyugal no puede serlo si no es recíproco, puesto que se basa en compartir el mismo proyecto de vida, no funciona si ambos no están de acuerdo en el fin que persiguen.
Aquí hay un elemento importante sobre el cual es necesario volver. Cuando se ama, es decir se siente identificación con el Ser de una persona, realmente se entiende por ese Ser no un hecho existente como una posibilidad. De ahí la idea de “Proyecto de vida”, el ser humano es ante todo un ser posible, y por ello uno no ama precisamente lo que esa persona sea en un momento determinado sino la enorme posibilidad de Ser que en ella reside. Esta es la razón por la cual quien ama repara poco en los defectos de la otra persona, porque lo que realmente le atrae de ella es su capacidad inagotable para ser mejor. El amor eterno existe, no sólo porque puede existir, sino porque no puede ser amor verdadero el que no tiene vocación de eternidad.
He aquí una de las mayores confusiones que cuestan caro a las nuevas parejas: El amor eterno no puede pretenderse de la prolongación hacia el futuro de la situación presente, como muchos hoy lo creen, pues esto resulta imposible, la vida es un constante cambio. El amor verdadero puede identificarse como eterno, pues implica inherentemente una forma de abordar el futuro, un proyecto por construirse, un futuro deseable por el cual ambos van a aunar sus vidas.
Tal vez parezca redundante, pero este es el fundamento ontológico del amor: El amar me crea una vocación, y esta vocación es lo que me permite ser. Amar a otra persona implica asumir una vocación determinada a la entrega a otro, no tanto impulsada por la fuerza de las pasiones y los sentimientos, como por una decisión de ser, una opción tomada respecto de la cual orientar toda la vida futura, un proyecto de vida.
A modo de cierre, admitiendo que sólo es amor verdadero aquel que involucra el Ser mismo de las personas, el amor ontológico, pueden deducirse de él dos características fundamentales que  sirven también como elementos identificadores, su exclusividad y su eternidad. A través del examen sencillo de estas dos características en una relación determinada, o en una categoría de relación fácilmente identificable, puede reconocerse la existencia o no de amor verdadero. No quisiera con esto decir que fuesen los únicos, simplemente son los únicos que hasta ahora he podido demostrar. Abordaré otras características fundamentales del amor verdadero en otra ocasión.Logo

29 de diciembre de 2010

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