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Las lámparas y la luz

26 diciembre, 2010

 

DON CAMILO levantó la vista al Cristo del altar mayor y dijo
-Jesús, en el mundo hay demasiadas cosas que andan mal.
-No me parece -respondió el Cristo-. En el mundo hay solamente hombres que andan mal. Por lo demás, todo anda perfectamente.
Don Camilo caminó un poco de arriba abajo y luego se paró ante el altar.
-Jesús -dijo-, si yo comienzo a contar: uno, dos, tres, cuatro, cinco, seis, siete, y así sigo contando durante un millón de años, ¿llego al fondo?
-No -respondió el Cristo-. Haciendo eso, obras como el hombre que, después de trazar un gran círculo en el suelo, comienza a caminar alrededor de él, di­ciendo: “Quiero ver cuándo llego al fin”. No llegarías jamás.
Don Camilo, que mentalmente ya se había puesto a caminar sobre ese gran círculo, se sentía presa de la angustia que habitualmente experimenta aquel que por un instante intenta asomarse a la ventanilla que abre sobre el infinito.
-Y, sin embargo -insistió don Camilo-, yo digo que también el número debe tener un término. Sólo Dios es eterno e infinito, y si el número no tu­viera fin, sería eterno e infinito como Dios.
-Don Camilo, ¿qué te pasa con los números? -Porque, a mi parecer, los hombres andan mal justamente a causa de los números. Han descubierto el número y han hecho de él el supremo regulador del universo.
Cuando don Camilo ponía en directa era una des­gracia. Así anduvo un buen rato, luego bajo la cortina metálica y caminó de un lado a otro por la iglesia de­sierta. De nuevo se paró delante del Cristo.
-Jesús, ¿este refugiarse de los hombres en la ma­gia del número no es quizás una desesperada tentativa para justificar sus existencias de seres pensantes?
Calló un instante, acongojado.
-Jesús, ¿entonces las ideas se han acabado? ¿Los hombres han pensado todo lo pensable?
-Don Camilo, ¿qué entiendes por idea?
-Idea es para mí, pobre cura de campaña, una lámpara que se enciende en la noche profunda de la ignorancia humana e ilumina un nuevo aspecto de la grandeza del Creador.
El Cristo sonrió.
-Con tus lámparas no estás lejos de la verdad, pobre cura de campaña. Cien hombres estaban ence­rrados en una inmensa habitación oscura y cada uno de ellos tenía una lámpara apagada. Uno encendió la suya y hete aquí que los hombres pudieron mirarse las caras y conocerse. Otro encendió su lámpara y des­cubrieron un objeto cercano; así, a medida que se en­cendían otras lámparas, se iluminaban nuevas cosas, siempre más lejanas, hasta que al fin todos tuvieron su lámpara encendida y conocieron cuantas cosas había en la inmensa habitación y cada cosa era bella y buena y maravillosa. Entiéndeme, don Camilo: las lámpa­ras eran ciento, pero no eran ciento las ideas. Las ideas eran una sola: la luz de las cien lámparas, pues sólo encendiendo todas las cien lámparas podían verse to­das las cosas de la gran habitación y descubrir sus detalles. Y cada llamita no era más que la centésima parte de una sola luz, la centésima parte de una sola idea. La idea de la existencia y de la eterna grandeza del Creador. Como si un hombre hubiera quebrado en cien pedazos una pequeña estatua y hubiera confiado un trozo de ella a cada uno de los cien hombres. No eran cien imágenes de una estatua, sino las cien frac­ciones de una única estatua. Y los cien hombres se buscaron, intentaron juntar los cien fragmentos y na­cieron miles de estatuas deformes antes que cada trozo lograra unirse perfectamente con los demás. Pero al fin la estatua era construida. Entiéndeme, don Cami­lo: cada hombre encendió su lámpara, y la luz de las cien lámparas era la Verdad, la Revelación. Eso debía satisfacerlos. En cambio, cada cual creyó que el méri­to de las cosas bellas que él veía no era de su creador, sino de su propia lámpara, que podía hacer surgir de las tinieblas de la nada las cosas bellas… Y éste se detu­vo a adorar su lámpara, y aquél anduvo por un lado y aquél anduvo por otro, y la gran luz se empobreció en cien mínimas llamitas, cada una de las cuales sólo podía iluminar un detalle de la Verdad. Entiéndeme, don Camilo: es necesario que las cien lámparas se junten otra vez para volver a hallar la luz de la Ver­dad. Los hombres hoy vagan desesperanzados, cada uno alumbrado por la débil luz de su propia lámpara, y todo se les muestra en torno oscuro y triste y melan­cólico; y, no pudiendo alumbrar el conjunto, se asen del detalle menudo, arrancado a la sombra por su pro­pia pálida luz. No existen las ideas; existe una sola idea, una sola Verdad, que es el conjunto de miles de partes. Pero ellos ya no pueden verla. Las ideas no se han acabado, porque existe una sola idea y es eter­na; pero es preciso que cada cual vuelva atrás para encontrarse con los demás en el centro de la inmensa sala.
Don Camilo abrió los brazos.
-Jesús, atrás no se vuelve . . . -suspiró-. Estos desgraciados usan el aceite de sus can-diles para untar sus fusiles y sus sucias máquinas.
El Cristo sonrió:
-En el reino de los cielos el aceite corre a rauda­les, don Camilo.

Primer capítulo de “La vuelta de Don Camilo” de Giovanni Guareschi

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