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Un regalo de Navidad

24 diciembre, 2010
Caminaba con la cabeza gacha, mientras el sol de media tarde me quemaba la nuca. El calor represado dentro de la camisa me sofocaba, y el cemento caliente de la acera podía sentirlo a través de los zapatos; cada paso me quemaba el pie.
Estaba exhausto, no tanto por el calor que me oprimía desde la espalda como por la sensación de derrota, ya eran las tres de la tarde y aún no tenía el primer regalo en las manos. Metí mi mano de nuevo al bolsillo para agarrar todo papel que allí hubiera. Miré de nuevo, lo mismo, las mismas tres monedas.
”¿Pensaste que mágicamente aparecería más dinero?”, Pensé, y me sentí como un tonto. Sabía que no defraudaría a nadie, y nadie me juzgaría si llegaba a la medianoche sin un regalo para absolutamente nadie, pero no podía aceptar no tener nada para darles.
-Vaya navidad- me dije –Todo lo que ahorras durante el año se esfuma aquí-. Seguí caminando con la cabeza abajo, y mientras miraba el andén trataba de hacer cuentas a ver cómo es que llegué a fin de año sin un peso en el bolsillo.
En ese momento pasé frente a una iglesia, miré el Cristo resucitado en un bajorrelieve sobre la puerta.
-¿Fuiste tú el que se inventó todo esto?- le dije –¿verdad que no?-, justo entonces vi que la capilla del santísimo estaba abierta. No tenía tiempo ni ganas, pero una sensación fuerte, probablemente la desesperación, me hizo entrar.
Me arrodillé y miré la blancura del sacramento, como tratando de ver profundidad en el pedazo de pan, como tratando de percibir formas en esa superficie lisa. Comenzaba a bizquear, así que me miré hacia otro lado. Volví a levantar la mirada y en eso sentí que mi corazón comenzaba a latir con angustia. Como escupiendo el nudo de la garganta comencé a sollozar hasta poder hablar bien.
-Señor, ¿Qué puedo hacer? No tengo nada para comprarle un regalo a nadie, no quiero llegar con las manos vacías, pero no sé que puedo hacer-. En ese momento el blanco de la forma se tornó brillante, hasta opacar el baño de plata de la custodia.
-¡Mírate!, ¿acaso jamás has recibido nada? No se siembra la tierra para que sofoque la semilla sino para que la haga crecer. Deja de mirar a tus bolsillos, sólo son un agujero en tu ropa. Mira más bien dentro de ti. No digas que no tienes nada: me tienes a mí, regálame-.
El sonido del arrodilladero cuando una señora se arrodilló al lado de mí me hizo despertar. Miré el reloj, no había dormido sino unos minutos. Me levanté y decidí volver a casa, ya sabía que regalar.

24 de diciembre de 2010

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