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El Poder de Dios

12 diciembre, 2010

El domingo pasado celebramos la fiesta de Cristo Rey del Universo. Es la fiesta escogida para dar fin al año litúrgico recordándonos la esperanza que nos ha dejado Jesús en el momento de ascender a la derecha del Padre:

Toda potestad me es dada en el cielo y en la tierra. Por tanto, id, y haced discípulos a todas las naciones, bautizándolos en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo; enseñándoles que guarden todas las cosas que os he mandado; y he aquí yo estoy con vosotros todos los días, hasta el fin del mundo. (Mt 28, 18a-20)

Sin embargo, la lectura del Evangelio escogida para celebrar la fecha, no es ni siquiera parecida a ella. Se escogió el pasaje del Evangelio según San Lucas en que Jesús crucificado habla con el buen ladrón:

En aquel tiempo, las autoridades hacían muecas a Jesús, diciendo: "A otros ha salvado; que se salve a sí mismo, si él es el Mesías de Dios, el Elegido." Se burlaban de él también los soldados, ofreciéndole vinagre y diciendo: "Si eres tú el rey de los judíos, sálvate a ti mismo." Había encima un letrero en escritura griega, latina y hebrea: "Éste es el rey de los judíos." Uno de los malhechores crucificados lo insultaba, diciendo: "¿No eres tú el Mesías? Sálvate a ti mismo y a nosotros." Pero el otro lo increpaba: "¿Ni siquiera temes tú a Dios, estando en el mismo suplicio? Y lo nuestro es justo, porque recibirnos el pago de lo que hicimos; en cambio, éste no ha faltado en nada." Y decía: "Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino." Jesús le respondió: "Te lo aseguro: hoy estarás conmigo en el paraíso." (Lc 23, 35-43)

Resulta extraña la escogencia de este pasaje. La imagen de la cruz es aquella en la que Cristo parece revelarse más humano y menos Dios. En la cruz, Jesús no sólo ha sido abandonado por sus apóstoles, también parece abandonado por Dios, pues Jesús, que había sanado a tantos y resucitado a algunos otros, se muestra totalmente impotente.

Todos alrededor de Él eran plenamente conscientes de eso, de ahí la burla tan mordaz de los romanos a sus “pretensiones” de Rey. Y sin embargo, en medio de esa escena tan patética, alguien es capaz de decir: “Jesús, acuérdate de mí cuando llegues a tu reino.” ¿Qué habrá visto? Claramente aquel ladrón fue testigo de una manifestación de poder en Jesús crucificado que fue invisible para los demás.

El Reino de Dios es el mensaje central de los tres evangelios sinópticos, y puede ser interpretado de tres formas diferentes: Jesús como el Reino de Dios viviente, el Reino de Dios como un reinar de Dios en el corazón de los hombres, y el Reino de Dios como la comunidad de los que siguen a Jesús. Una vez queda patente la acción del Espíritu Santo en la construcción del Reino de Dios, desaparece toda división entre estas tres versiones.

El Reino de Dios parece exclusivo de los evangelios sinópticos, el amor de Dios ocupa su lugar en el evangelio de Juan. Esto no representa contradicción ninguna una vez entendemos que el Reino de Dios implica el sometimiento pleno a la voluntad del Padre (Jn 4, 34) (Mt 26, 34. Mc 14, 36. Lc 22, 42). En este sentido, Jesús está refiriéndose al Reino de Dios en Juan 14, 21-24:

“El que tiene mis mandamientos, y los guarda, ése es el que me ama; y el que me ama, será amado por mi Padre, y yo le amaré, y me manifestaré a él. Le dijo Judas (no el Iscariote): Señor, ¿cómo es que te manifestarás a nosotros, y no al mundo? Respondió Jesús y le dijo: El que me ama, mi palabra guardará; y mi Padre le amará, y vendremos a él, y haremos morada con él. El que no me ama, no guarda mis palabras; y la palabra que habéis oído no es mía, sino del Padre que me envió.”

Jesús es el Reino de Dios viviente en tanto que la presencia de Dios en su corazón es plena, al punto de que Él renuncia a su voluntad para cumplir la voluntad del Padre. La presencia de Cristo es presencia de Dios Padre (Jn 15, 1-10), y el amor a Jesús es amor a Dios Padre.

El Espíritu del Padre es entregado por Jesús a sus Discípulos (Jn 20, 23), para que ellos recibieran el amor del Padre en su corazón. La venida del Espíritu implica tanto un cambio en el corazón suyo (Los apóstoles pasaron del miedo a la valentía y comenzaron a predicar a Cristo), como también la constitución de la comunidad eclesial fundada en el amor vivo y vivificante, santo y santificante, de Dios (Hechos 2).

El amor de Cristo es necesariamente amor hacia los demás (Mt 27, 31-46), por eso el principio moral de Jesús no es solamente la “regla de oro” colocada en positivo. Jesús hace una ruptura con ese principio de auto-reflexión en el otro, para colocarse Él en el rostro del otro (Jn 13, 34-35). De aquí, el amor a los enemigos es sólo el cumplimiento de la voluntad de Jesús, pues Él en la cruz dio la muestra más grande de amor (αγάπη) hacia los enemigos. “Padre, perdónalos porque no saben lo que hacen” (Lc 23, 34). Porque “No hay amor más grande que dar la vida por los amigos.”(Jn 15, 13). Pero Jesús ha llevado la “proximidad” a aquellos a quienes menos esperamos (Lc 10, 25-37).

Probablemente no es otra cosa más que el amor de Dios llevado al extremo lo que vio el buen ladrón como manifestación evidente del poder de Cristo en la cruz. Ahora, esto nos pone en una situación difícil, pues llevaría a pensar en la posibilidad del amor de Dios como una entrega sacrificada e inefectiva. Y para todos es claro que la forma como se disipó el temor de los apóstoles frente a la muerte de Cristo no fue una vocación al masoquismo. Ellos fueron testigos de una victoria, principalmente de la victoria del amor del Padre sobre la muerte.

Cristo en la cruz atrajo sobre sí todo el mal del mundo, asumió la peor de las muertes para que todos nosotros muriésemos al pecado, y en su resurrección nos libró de la muerte. El pecado, la muerte que es el peor fracaso del hombre.

Todos los vicios del ser humano, la ambición de poder, la codicia de dinero, el hedonismo y aún la búsqueda del honor, de pasar a la historia, son sólo patadas de ahogado de un pobre hombre derrotado antes de luchar. Sus ansias son producto de la angustia existencial en la que cae cuando se reconoce finito e insignificante. La muerte hace que esa humanidad que tanto nos place termine en el polvo, en el suelo, alimentando a los gusanos y al olvido; la consciencia de la vanidad de nuestra vida nos lleva a rebelarnos tratando de vencer a la muerte a través del exceso.

La historia de la humanidad parece simplemente un cúmulo de esfuerzos, una lista de todo lo que ha intentado el ser humano por permanecer en el tiempo. imperios, sistemas, ideas, culturas, todo a través de lo cual el ser humano ha tratado de sobrevivir, ha decaído de forma tétrica. El tiempo, la historia, es una rueda de molino que todo lo aplasta y lo reduce a polvo.

Son esos mismos poderes los que condenan a Jesús a la muerte en la cruz. la burla de los romanos al vestir a Jesús de púrpura y corona de espinas, no es otra cosa que el desafío del imperio, del emperador que se veneraba como hijo de la divinidad, contra aquel que dice ser Hijo de Dios y Rey de los Judíos. Jesús juzga el pecado al reunir a las ovejas perdidas de Israel y concederle a los hombres el perdón de los pecados. A quienes eran considerados pecadores e impuros, Cristo les concede la gracia de Dios y el perdón de todos sus faltas, en cambio, quienes se beneficiaban de un sistema y una vida pecaminosa e injusta rechazaron a Cristo y labraron su propia condenación.

Es ese pecado, ese mal  el que se reúne para abalanzarse sobre Cristo, los constructores de muros se juntan para excluir a aquel que predicaba el fin de las barreras, los tentadores se hacen uno para destruir a quien concedía el perdón de los pecados, los lobos se lanzan a tratar de matar al buen pastor, los ateos se esfuerzan en silenciar a aquel que se hacía llamar Hijo de Dios. El mal entero se concentra, el demonio reúne a todas sus huestes en un último intento por vencer al Dios vivo. Ese es Jesús en la cruz.

Dios no responde a las afrentas del mal ostentando su poder y lanzando a las milicias angélicas en una carga furiosa a través del firmamento, al fin y al cabo, como dije más arriba, sólo son expresiones del hombre que lucha por sobrevivir. Dios se hace hombre, se reduce al estado sumo de humildad e indefensión, al estado que más odios causa en el espíritu demoniaco. Dios toma la forma de aquel a quien Satanás más odia. Y a través de su encarnación Dios derrama su gracia sobreabundante a sus criaturas. Le abre en Cristo el camino de la santidad al ser envilecido por el pecado.

Cuando Jesús recibe una embajada de Juan el bautista, nos da un caso magnifico para entender la grandeza del poder de Dios en contraste con el poder por el que se desgañitan los hombres:

Juan el Bautista oyó hablar en la cárcel de las obras de Cristo, y mandó a dos de sus discípulos para preguntarle:
«¿Eres tú el que ha de venir o debemos esperar a otro?».
Jesús les respondió:
«Vayan a contar a Juan lo que ustedes oyen y ven: los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres. ¡Y feliz aquél para quien Yo no sea motivo de tropiezo!».
Mientras los enviados de Juan se retiraban, Jesús empezó a hablar de él a la multitud, diciendo:
«¿Qué fueron a ver al desierto? ¿Una caña agitada por el viento? ¿Qué fueron a ver? ¿Un hombre vestido con refinamiento? Los que se visten de esa manera viven en los palacios de los reyes.
¿Qué fueron a ver entonces? ¿Un profeta? Les aseguro que sí, y más que un profeta. Él es aquél de quien está escrito:
“Yo envío a mi mensajero delante de ti, para prepararte el camino”.
Les aseguro que no ha nacido ningún hombre más grande que Juan el Bautista; y sin embargo, el más pequeño en el Reino de los Cielos es más grande que él». (Mt 11, 2-11)

Herodes es tal vez uno de los mejores ejemplos de la vanidad del poder humano. Dedicado toda su vida a mantener el poder que ni siquiera le era propio, pues todo lo había recibido de las manos de Roma, padeció las tribulaciones terribles que son salario del poder, pues no dándole satisfacción ninguna su manutención le llevó a desmembrar su propia familia y a morir preso de la paranoia a causa de un bebé de pecho contra quien nada pudo hacer. Todo por un reino que no duró lo que un soplo, pues antes de terminado el siglo fue barrido por las legiones romanas.

¿Fue acaso diferente con Roma? Su prolongación no hizo otra cosa más que añadirle dramatismo y degeneración a su sepelio. En la cumbre de su poder no tuvieron corona mayor que la del vicio y decayeron en el mismo esfuerzo desesperado por destruir a Dios que se manifestaba en la Iglesia con un poder inalcanzable para ellos. Y en un acto reivindicativo del pecado perecieron dándole la espalda a Dios mientras aquellos a quienes tanto despreciaban, y que si supieron reconocer a Cristo, ocuparon progresivamente sus tronos.

Jesús en la cruz, es Dios mismo que atrae sobre sí todo el mal con que el demonio asolaba a los hombres, y termina sumiéndolo en total y absoluta impotencia. La cruz del gólgota es un muro contra el cual se estrella toda la vanidad del pecado humano y toda capacidad destructora del mal. Cristo resucita de entre los muertos para romper todas las cadenas que ataban al ser humano al fracaso eterno de la muerte, y para revelar impotentes a los mayores poderes humanos. Frente a los imperios, ideas y poderes temporales que perecen y se pierden en el olvido, Dios siempre está ahí.

A modo de cierre, hace poco más de un año se publicó en Colombia un libro titulado Manual de Ateología, en el cual 16 personalidades de la farándula colombiana se vertieron por entero a explicar a su modo las razones y motivos por los cuales enarbolan hoy la bandera del ateísmo. Hoy, todavía se levantan vanas energías a desgastarse en el esfuerzo inútil de derribar una cruz que ha permanecido en pie frente a todo tipo de males y que ha derrotado todos los intentos por destruirla.

Un breve repaso por algunas citas textuales del libro copiadas en diversas fuentes (no he leído el libro completo, no me gasto el dinero en ganarme una úlcera gratis), permiten ver cómo el ateo no es tanto quien tiene convicción firme de la no-existencia de Dios como quien tiene todos sus deseos puestos en destruir a Dios. De ahí que el proselitismo ateo compita contra el de las sectas de corte adventista. Ironizando con el comentario del editor del libro, la existencia de creyentes es un desafío absoluto para los paradigmas del ateo, aunque más que desafío, una molestia.

Frente a este “esfuerzo” de quienes desde la comodidad de sus escritorios y una vida que les ha sido complaciente en sumo grado con las mieles del éxito relativo (dudo mucho que de lo contrario hubieran hecho parte de la publicación), no existe cosa parecida a un “Manual de teología”. No hay tal como una respuesta razonada e institucional que de forma simétrica critique toda infelicidad producida por el ateísmo de forma particular. Porque Cristo no predicó desde la comodidad del escritorio de un intelectual sino desde los hechos particulares en la vida del hombre concreto (los ciegos ven y los paralíticos caminan; los leprosos son purificados y los sordos oyen; los muertos resucitan y la Buena Noticia es anunciada a los pobres).

Es por eso que la mejor respuesta a esa nueva arremetida tratando de matar a Dios, es el testimonio de Asia Bibi. Esta mujer pakistaní, cristiana en un país mayoritariamente musulmán, fue condenada a la horca por el supuesto delito de blasfemia. A ella le fue ofrecido el indulto bajo la condición de convertirse al Islam, sin embargo su respuesta ha sido: “Si el juez me ha condenado a muerte por amar a Dios, estaré orgullosa de sacrificar mi vida por Él.” Mientras que muchos hoy enarbolan la bandera del ateísmo desde su cómodas vidas, ella, cuya situación no podría ser más difícil, ha decidido apostar su vida por un Dios vivo, incluso entregando su vida en el cadalso acusada del mismo delito por el cual murió Jesús. Sorpréndanse pues los ateos, que esta mujer les puede llevar al insomnio, pues que Dios siempre está ahí.

12 de diciembre de 2010
(festividad de la virgen de Guadalupe)

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