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Retrato de la Ingenuidad

8 julio, 2008

Me desperté con una fuerte sensación de opresión en la garganta, me estaba ahogando. Me incorporé, e inmediatamente miré a mi alrededor; no había nadie en el cuarto y todo estaba en su sitio. miré el reloj que había arriba del escritorio, ya dentro de poco amanecería. Me arreglé para salir a echarle un vistazo a la guardia, pero en el momento en que me ponía mi abrigo, sentí por fin la humedad tan densa que había dentro. Era ese el motivo de mi ahogamiento, el aire se sentía tan lleno de agua que dificultaba su entrada por las vías respiratorias, y lo llevaba a uno a forzar las inspiraciones. subí por la escalera, y al abrir la puerta junto al castillo de popa, me inundó un ambiente helado; luego, al observarme, me di cuenta que de un momento a otro había quedado empapado. Levanté la mirada, y la cubierta desapareció frente a mis ojos. Una niebla espesísima había cubierto todos los rincones del bergantín-goleta. no alcanzaba a ver ni siquiera el Mesana. Volví mis manos hacia el castillo de Popa, hasta encontrar la puerta. En ese momento, logré percatarme de la real gravedad de la situación, cuando estiré mis manos hacia la puerta, las perdí de vista; era tal la densidad de la neblina, que no alcanzaba a ver mis pies.

Guiándome con las manos, comencé a moverme hacia estribor siguiendo la línea del castillo de popa. De pronto, mis manos se toparon con un objeto curvo, el megáfono. comencé a llamar a voces a la tripulación. el primero en contestarme fue el vigía que estaba en la cofa del trinquete; había visto aparecer la neblina sobre el barco, pero se había condensado tan rápido que había preferido quedarse allí. Cinco minutos después, oí al resto de la tripulación subiendo por el castillo de proa. Inmediatamente, la cubierta se llenó con sus exclamaciones sobre la naturaleza de la neblina. Ninguno de nosotros, en todos los años que llevábamos en el mar, había visto jamás una niebla de tal densidad. Todo en el barco quedaba sumergido en humedad, al punto que no pudimos prender ningún tipo de fuego, ni con carbón, combustible o pólvora. Comenzaba a darme cuenta que tendríamos que conducir el barco en total invidencia.

Grité al contramaestre que bajase al pañol a subir todo el repuesto de la jarcia junto con los cabos más largos. La idea era amarrarnos con los cabos a los mástiles o a la jarcia muerta para poder movernos con relativa seguridad alrededor del barco. Posteriormente, utilizando este sistema creamos una red de cuerda a lo largo y ancho de la cubierta, para guiarnos en nuestra ceguera entre los aparejos y así poder comenzar a maniobrar.

En el momento mismo en que iba a dar las órdenes para tomar las precauciones al navegar con niebla, me dí cuenta de un hecho que me hizo helar la sangre: No podía percibir si el barco se encontraba en movimiento o no. Inicialmente, a causa de la niebla, había dado por hecho que nos encontrábamos en medio de una calma chicha, y por ende detenidos; pero al intentar concentrarme, me dí  cuenta que me parecía sentir una especie de movimiento, casi imperceptible, al punto en que no sabía si en realidad lo estaba imaginando a causa de mi duda. Pregunté a la tripulación, y el único efecto que conseguí fué el esparcimiento de la misma duda que yo había tenido.

Tendría que usar la corredera; sin embargo, sin poder observar directamente lo que hacía, las probabilidades de realizar una medición acertada eran mínimas. Me dirigí a popa para largar la corredera, la cual me costó mucho trabajo encontrar, más en el momento de hacerlo me dí cuenta que no tenía modo alguno de llevar el tiempo para hacer los cálculos; tenía mi pequeño reloj de bolsillo, pero estaba totalmente empañado y lleno de agua por fuera, por lo que me resultaba imposible observar las manecillas. Si hubiese nacido ciego, seguramente sería capaz de manejar la situación con total normalidad; pero ahora no podía siquiera oír el sonido de las manecillas. No obstante, luego de solucionada esa dificultad, con ayuda del calafate que tenía un excelente oído, fueron apareciendo otras más hasta que logramos lanzar la corredera. El carrete se fué desenrollando rápidamente mientras la barquilla caía, esperaba ansioso que se frenase para empezar a contar los nudos, y sin embargo nunca lo hizo; la cuerda siguió extendiéndose a la misma velocidad mientras mientras se levantaba horizontalmente. El barco se movía, y mucho más rápido de lo que jamás había visto.

Me agarré de unos de los cabos que habíamos colocado de popa a proa y corrí hasta llegar a la tabla de jarcia del trinquete. Desde allí le grité al vigía que permaneciese atento, y coloqué vigías a lo largo de todo el castillo de proa. Luego me dirigía al escritorio a revisar las anotaciones que había realizado el día anterior para tratar de calcular una posible posición actual del barco, pero entonces me acordé que para ello necesitaba la velocidad del barco. Me volví hacia la amura de estribor y me incliné sobre la borda del barco, tomé una bala de fusíl que tenía en mi bolsillo y la dejé caer esperando oír el sonido del agua para tratar de adivinar la profundidad del calado. Nada sonó. Levanté la cabeza en ese momento y alcancé a percibir entre la niebla un destelló mínimo frente a mí que brilló por un instante y desapareció. me estiré sobre la borda mirando fijamente hacia el sitio en que había visto esa luz y logré volverla a ver por un momento antes de que volviera a desaparecer entre la niebla.

¡Un faro! Solo la luz potente de una hoguera en tierra podía atravesar esa niebla. Tenía que ser un faro esa luz que acababa de ver. Comencé a sentir un calor interior invadiéndome lentamente el cuerpo, nuestra salvación estaba allí. Un faro nos sacaría de ese infierno de ceguera e incertidumbre. Ordené al timonel que virara a estribor lo suficiente como para colocar aquella luz enfrente del barupés y luego ordené al vigía que permaneciese atento a la luz, aunque hubiese insistido en no ver aquel destello. Me agarré del barupés para no caer al mar mientras aferraba mi mirada a aquel destello para no perderlo de vista.

Estaba extasiado. Todo comenzaba a desaparecer alrededor mío. Esa luz se iba convirtiendo para mí en un tunel, un puente que nos llevaría al otro lado de la niebla, a puerto. Miraba desesperadamente hacia ambos lado tratando de percibir la linea de la costa o alguna otra señal de tierra. Llamé a toda la tripulación para que permaneciese lo más atenta posible a cualquier alteración en la niebla. Comenzaba a impacientarme. Iba a ordenar llevar el ancla baja, cuando me di cuenta que la luz estaba acercándose. Me estiré para tratar de verla mejor, cuando vi la luz dando vueltas enfrente de mi nariz y pude distinguir la figura de un insecto de ojos luminosos. que se apagaron un momento y volvieron a encenderse para dirigirse hacia el interior del barco.

Un Cocuyo. Ya había yo visto a estos insectos americanos de capacidades luminosas como las luciérnagas en alguno de los puertos del caribe. Había puesto al barco a seguir a un cocuyo… me escurrí sobre la cubierta. Estaba estupefacto. Me imaginé la visión de un barco surcando las olas en mar picada siguiendo la ruta de una luciérnaga y una risa nerviosa e indetenible, junto a un temblor en todo el cuerpo, se apoderó de mi. Podía oir las exclamaciones de toda la tripulación en torno a mi ataque de locura. El segundo permanecía en cama desde hacía una semana a causa de su enfermedad; por eso, el contramaestre, quien estaba tomando sus funciones, fué quien llegó a donde yo estaba. Me dió una palmada en la cara, y yo le respondí: -Los he hecho seguir a un cocuyo-.

-Señor, los cocuyos no son animales marinos- respondió con un fuerte tono burlón. Sin embargo, esas palabras me cayeron como un balde de agua fría. Giré mirando nuevamente hacia la niebla, buscando la tierra que debía estar enfrente nuestro. Sorpresivamente, el barco sufrió una sacudida y se paró en seco. sentí un tirón que me sacó de la cubierta, y en un instante fuí lanzado por los aires. Dí un giro de cabeza y caí contra una roca fría y dura.

Cuando volví a abrir los ojos, pude ver al barco con la proa destrozada contra las rocas filosas de un acantilado. Sentía un dolor fuertísimo desde la cabeza hacia el resto del cuerpo, las fuerzas me abandonaban y mi vista se iba nublando de rojo. No podía pensar, en mi mente solo permanecía fija esa imagen de un capitán ingenuo que recorría eternamente el mar siguiendo a una luciérnaga en calidad de faro.

8 de Julio de 2008

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