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Sobre aquel que cuelga de una mano

7 junio, 2008

Era el tercer día de camino, y el segundo de tormenta, la ventisca fría me tenía triritando, y la nieve no paraba de caer, ya se estaba acercando a las rodillas. Se me dificultaba respirar por todo el hielo que tenía acumulado contra los labios y el aire helado que me quemaba al entrar en la nariz. Cada tanto la nieve acumulada se deslizaba hasta caer por el barranco amenazando con llevarme consigo, esa es la razón por la que no había podido detenerme, llevaba dos días de caminar ininterrumpidamente, y ya el ardor en la base del estómago se había convertido en un quemón constante en la garganta, y el frio constante en las rodillas ya me las hacía insensibles, ya no sentía el dolor al dar cada paso, pero cada vez me costaba más moverlas, las sentía completamente duras.

Todo por no haber querido esperar a la abertura del túnel; cinco días, ¡cínco días!, cínco días me habrían quitado toda posibilidad de llegar a tiempo al pueblo; el juicio se llevaría a cabo en cuatro días, y ese tiempo me lo daba, con un muy estrecho margen, el camino del acantilado. ¿Por qué no intentarlo? Sin embargo, hace tres días que llevo de camino y desde que comencé siento a la muerte al acecho.

De repente, un pedazo de hielo se desprendió y cayó enfrente mío por lo que me ví obligado a retroceder un paso. Ese movimiento me produjo un dolor terrible en la rodilla, un corrientazo agudo que subió por toda la pierna hasta la cadera; estuve a punto de caer.

Fui a caminar, pero tenía ambas piernas hechas piedra. Ni las sentía, ni las podía mover. Intenté hacer fuerza con la cadera, pero no había modo alguno de hacer que respondieran. La nieve había seguido cayendo y ya se acercaba a la cintura cuando volvió a desocuparse en el acantilado. No pude sino observar con horror cómo mis piernas cedían como un madero arrastrado por la corriente de un río. Vi el vacío infinito del acantilado mientras un frío me apretaba el vientre como un puño helado.

Mi brazo derecho era el que tenía más atrás. Apreté mi mano contra lo primero que sentí, el hielo duro que hacía de piso. Quedé colgado, y agradecía desde el fondo de mi alma a Dios por haber podido escapar del acantilado, que ahora para mí representaba la boca esquelética de la muerte.

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Ingenuidad de parte mía; no haber caído en el momento, no significaba que no caería; pronto me dí cuenta de que el hielo del que me agarraba había comenzado a derretirse con el calor de mi mano. Mis otras extremidades se encontraban parlizadas, así que encrispé mis dedos y comencé a hundirlos en el hielo mientras las yemas se me iban quemando. Concentré todas mis fuerzas en esa acción, aún viendo la sangre que me bajaba por el brazo que me obligó a voltear la mirada.

Ya estaba entrada la noche cuando la sangre dejó de caer. Miré hacia arriba y ví que el agua que había alrededor de mi mano se había vuelto a congelar y ahora mi mano estaba incrustada hasta la muñeca en el hielo. No podía más que permanecer en esa posición mientras sentía un frío profundo descender a lo largo del brazo; cuando me llegó al codo, caí en completo estado de inconciencia y me sentí sumergirme en agua helada.

Mis miembros comenzaron a vibrar de forma nerviosa, con frecuencias mucha más altas de lo que mi mente podía entender. Mi piel comenzó a endurecerse mientras mis articulaciones se ponían rígidas. era una estatua de hielo, era un copo ne nieve bailando a la deriva del viento, era el insecto que al contacto con el hielo se va retorciendo y contrayendo hasta perecer.

Permanecí en este estado un buen tiempo, hasta que comencé a sentir una cálida caricia en mi mejilla y luego en la espalda; esa sensación de deshielo me despertó concierto agrado, aunque con un terrible dolor en todo el cuerpo. El cielo amanecía completamente despejado, y el sol reflejba su amarillenta luz matinal contra la blancura de la montaña.

Mientras mi mente recobraba conciencia de la situación, sentí una voz llamándome desde el borde del abismo; una persona arriba gesticulaba y me decía cosas que no podía comprender mientras se ponía en movimiento para subirme. Amarró una soga alrededor del brazo del cual estaba colgado, que ya había pasado del morado al azul y le que creía insensible, aunque sentí el roce del lazo como el de un hierro al rojo. Luego con un golpe del bastón, rompió el hielo alrededor de mi mano y me fué subiendo con un jalonazo de soga, cosa que me atormentó terriblemente aunque no tuviese fuerzas para gritar.

Cuando lo ví de cerca, me dí cuenta que era un tipo con mucha mayor edad que yo; tenía la piel un tanto arrugada en la frente y en las mejillas. Me hizo sentar y me dió un trago de ron mientras me desataba y no paraba de hablarme; el trago me produjo un estremecimiento fuertísimo en todo el cuerpo y me devolvió cierto grado de conciencia, lo suficiente como para responderle mientras comía el pan de ajo que acababa de pasar. Me preguntó por el tiempo que había pasado ahí colgado, y entre bocado y bocado le fuí refiriendo en expresiones cortas, cómo me había caído, y cómo, gracias al brazo que parecía pronto a perder, había logrado mantenerme vivo.

Me levantó, y ayudó a que intentase caminar. Así, a paso lento, fuimos saliendo del acantilado, y por una extraña curiosidad se me ocurrió preguntarle el motivo de haber tomado ese camino tan peligroso, a lo cual me respondió:

-Me esperan para un juicio que se llevará a cabo hoy mismo, por eso no podía esperar a que abrieran de nuevo el túnel. es díficil ser el único juez asignado a un región tan montañosa-

7 de Junio de 2008

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