Skip to content

Soneto I

23 junio, 2014

Oscura soledad la de tu ausencia
que embarga mi alma de nostalgia.
Mi vida has llenado tú de magia,
y el mundo se hace otro en tu presencia.

Tus ojos me persiguen en mi mente,
y oigo tu voz en cada melodía.
Sin ti, un siglo dura cada día,
y ando solo, aún entre la gente.

Por causa tuya, enfermo de locura,
y es mal para el que hay poco remedio,
con verte aumenta, más que cura.

Que vuelvas es lo único que espero,
y quiera Dios que, pronto, tal ocurra
pues otro día sin ti, y yo me muero.

22 de junio de 2014

Perdido entre la noche

19 junio, 2014

Estaba yo perdido entre la noche
solo y en eterna agonía
cuando una luz apareció a lo lejos
apenas al alcance de mi vista.
Corrí veloz donde brillaba
pensando “tal vez sea la salida”.
Encontré allí a una mujer hermosa
cuyo brillo, dulzura y alegría
me han dejado el alma encandilada
y hasta sanaron todas mis heridas.
Entonces le dije: –Ven conmigo,
que pienso dedicarte mi valía.
Me muero por tenerte entre mis brazos,
pues eres tú lo que mi alma quería…

Me muero por tenerte entre mis brazos
y hacerte a ti, la dueña de mi vida.

17 de Junio de 2014

O amor que siempre ardes y nunca te extingues!

15 junio, 2012

http://www.divshare.com/flash/audio_embed?data=YTo2OntzOjU6ImFwaUlkIjtzOjE6IjQiO3M6NjoiZmlsZUlkIjtzOjg6IjEzNDM3MjQyIjtzOjQ6ImNvZGUiO3M6MTI6IjEzNDM3MjQyLTU1MiI7czo2OiJ1c2VySWQiO3M6MToiMCI7czoxMjoiZXh0ZXJuYWxDYWxsIjtpOjE7czo0OiJ0aW1lIjtpOjEzMzk3NDIyODQ7fQ==&autoplay=default

O amor qui semper ardes et nunquam extingueris!
Dulcis Christe, bone Jesu, charitas Deus meus,
O amor qui semper ardes et nunquam extingueris.
Accende me totum igne tua, amore tuo, dulcedine tua.
Accende me totum dilectatione tua, desiderio tui, charitate tua.
Accende me totum jucunditate et exultatione tua!
Accende me totum pietate et suavitate tua, voluptate et concupiscentia tua, quae sancta est et bona, quae casta est et munda.
Et totus dulcedine amoris tui plenus, totus flamma tuae charitatis accensus diligam te Dominum meum dulcissimum et pulcherrimum, ex toto corde meo, ex tota anima mea, ex totis viribus meis et ex tota intentione mea cum multa cordis contritione et lacrymarum fonte, cum multa reverentia et tremore, habens te in corde et in ore et prae oculis semper et ubique. Amen.

 

¡Oh amor que siempre ardes y nunca te extingues!
Dulce Cristo, buen Jesús, amor de mi Dios.
¡Oh amor que siempre ardes y nunca te extingues!
Inflámame todo tu fuego, tu amor, tu dulzura.
Inflámame todo tu deleite, tu deseo, tu caridad.
Inflámame todo tu júbilo y tu alegría!
Inflámame toda tu piedad y tu gracia, tu placer y deseo, que es santo y bueno, que es casto y puro.
Y lléname de todo tu dulce amor, consúmeme en la llama de tu caridad, te amo mi Señor dulcísimo y purísimo, con todo mi corazón, con toda mi alma, con todas mis fuerzas y con toda mi voluntad, con el corazón contrito y hecho fuente de lágrimas, con mucha reverencia y temor, teniéndote en el corazón, en la boca y en los ojos siempre y en todo lugar. Amén.

Contingencia

29 febrero, 2012

Escena 1

Suena el despertador, luego de tres intentos logro despertarme. Me dirijo hacia la habitación de mi hermano, entro y lo llamo. No se mueve. Vuelvo a llamarlo y nada. Hago ruido con la puerta y sigue sin hacerme caso, por lo que me acerco para zarandearle. Pongo mi mano sobre él y un temblor angustioso se apodera de mí: Está frío como una piedra. Llamo a mi madre pero apenas logro gemir. Grito y el tono desesperado la alerta por lo que viene corriendo. Ella cruza la puerta y al verme, con rostro temeroso y una mano quieta sobre mi hermano, palidece. Sus facciones se alargan como un borrón de tinta, grita y se abalanza sobre el cuerpo inerte de mi hermano. Trata de incorporarlo, revisa sus signos vitales, pero evidentemente, la vida hace mucho que abandonó ese cuerpo. Lo aprieta contra sí y se deshace en llanto. Yo doy unos pasos hacia atrás y logro apoyarme en la biblioteca. Levanto la mirada, algo me dice que yo también debía estar llorando, pero me resulta imposible. Todo ocurre como un película… , no, como en un sueño. Estoy esperando que la alarma me despierte de verdad. Miro la ventana: El sol brilla, pequeñas nubes se mueven rápido, los autos y la gente andan con total naturalidad. Es un día normal, antes bien, es un bonito día. Y sin embargo, en la habitación hay un par de ojos que se resisten a abrirse, una nariz que se niega a respirar, y en general, un cuerpo que rechaza la actividad cotidiana, que se ha bajado del tren del tiempo. Es el cuerpo de mi hermano, cuerpo que conozco de toda la vida, que he besado, abrazado, golpeado. Pero hoy ese cuerpo me produce una sensación extraña, una sensación de vacío, de que él ya no está allí. Veo ante mis ojos un castillo de arena que se derrumba, una hoja que se separa del árbol y se seca. Nunca sentí el ser de forma tan real como ahora cuando el cuerpo inerte de mi hermano abre ante mí el abismo inmenso de la nada. El frío me invade y me dejo caer lentamente en el piso.

Escena 2

Han pasado ya seis meses de la muerte súbita de mi hermano. Su álbum de fotos terminó quedándose permanentemente en la mesa de la sala. Me siento, tomo el álbum, lo pongo sobre mis piernas y comienzo a pasar la páginas de atrás hacia adelante. Es como leer una historia que no está escrita allí, pero que mi memoria es capaz de leer en cada foto. Una historia que mi mente niega a dar por terminada. Todos los días me sugiere cosas que decirle, preguntas que hacerle, anécdotas que contarle. Es como si sólo estuviese esperando que volviera de viajar, como si simplemente se hubiera ido a vivir lejos. De cualquier forma, la idea de que él dejara de ser me parecía falta de lógica. Llego a las primeras páginas: fotos de recién nacido y un par de ecografías. Resaltan las manos, un par de manos minúsculas, dedos del tamaño de una mina de esfero, pero aún así, perfectamente formados. Una mano igual a la mía. Miro mi mano, siento la piel y trato de palpar debajo de ella los músculos y los huesos, veo las venas que se marcan bajo la piel. Muevo mis dedos y me resulta increíble que este montón de materia, que este puñado de células responda así no mas, a algo tan poco tangible como mis pensamientos. Vuelvo y miro la ecografía: Yo también estuve allí. He estado donde él estuvo, he hecho lo que él hizo, y aún así, fue él el que murió y no yo. Ahora entiendo por qué la muerte es representada con una hoz. Porque al igual que el agricultor, ve germinar la mies, pacientemente la observa crecer y levantarse sobre el suelo, y cuando la ve radiante, en la cima, tiñendo el paisaje de color dorado, entonces la siega. Sólo sé que yo también moriré cuando esté listo. Pero ¿Acaso él lo estaba? En apenas unos días tenía que presentar un proyecto al que había dedicado meses. Nuestra vida es un pequeño hilo estirado sobre el fuego, una burbuja flotando en medio de la nada, una breve interrupción en el no-ser, una improbabilidad estadística. Nada fui, y aunque ahora sea, pronto volveré a ser nada; puesto que no se me ha dado el ser, sino que apenas cuelgo de él, y tarde o temprano me desprenderé.

Escena 3

Paso mi mano suavemente por la fría piedra gris de la pared del monasterio. Trato de imaginar a la persona que uso esta piedra hace casi mil años. Cuántas cosas han ocurrido frente a esta piedra, cuántas personas han pasado. Cómo ha cambiado el paisaje frente a esta puerta a través de los siglos. Y sin embargo, una vez cruzada, adentro es como si el tiempo dejase de correr. Rechina la enorme puerta y un monje saca la cabeza:

–Buenos días– dice en tono de pregunta.

–Buenas, no sé si se acuerde de mí, estuve aquí el año pasado en una visita.–

–Puede ser– dice, mirándome detenidamente –No recibimos mucha gente–

–Quisiera saber– titubeo –¿Cómo puedo entrar en la orden?–

Su rosto cambia y su actitud incómoda se torna cordial. Abre un poco más la enorme puerta y me dice “sígueme”. Me hace entrar en el locutorio y luego de que me siento, me dice que le esperase un momento. Una vez sale, puedo detallar los cuadros que hay en el salón. Uno es la Asunción de la Virgen María, la Virgen entre las nubes, rodeada de ángeles y con la luna bajo sus pies, mirando a un punto por fuera del cuadro. Toda la iluminación del cuadro proviene de ese punto externo hacia el cual los ojos de la Virgen apuntan extasiados. El segundo cuadro muestra a un santo vestido de hábito, su nombre aparece abajo en Latín pero la tipografía usada me resultaba ilegible, de rodillas a los pies de la Cruz. La imagen es mucho más sombría que la anterior, pero coincide en que los ojos del santo también se elevan hacia un lugar fuera de la imagen. Su vista se pierde en esa presencia, ausente a los ojos del espectador, de la cual recibe la luz. En ese momento se abre la puerta y del otro lado aparece el monje que me había recibido.

–Ven conmigo– dice –El abad te recibirá en la rectoría–

Me guía por un corredor estrecho junto al patio central, donde hay un jardín florido. La piedra del suelo esta bastante lisa, y al pensarlo me imagino los miles de pisadas que a través de los años habían ido limando el suelo. Al fondo del jardín puedo divisar una figura con hábito que trabaja en una huerta. Justamente a eso me refería: Aunque reuniésemos a todos los monjes que han vivido en el monasterio, no habría nada extraño. Siglos y siglos de distancia desaparecen dentro de estas paredes, hombres tan lejanos en el tiempo mantienen el mismo lenguaje, los mismos códigos, las mismas órdenes. Eternidad, a eso es a lo que huele este edificio, eso fue lo que me hizo volver. Afuera queda el mundo de lo obsoleto, de lo perecedero. Este monasterio es un templo a la eternidad, los hombres que aquí viven están por fuera del tiempo. ¿Cómo es eso? ¿Puede acaso el hombre librarse de su contingencia? Llegamos a una puerta estrecha, el monje la abre y me indica que siga. Adentro, el abad me espera sentado en su escritorio. Detrás de él hay un cuadro de Jesús saliendo del sepulcro, mostrando sus heridas en las manos y el costado. Me siento y el monje cierra la puerta. El abad me mira y junta las manos.

–Y bien– dice –¿Qué te trajo?–

–Estuve aquí el año pasado, de visita, y después, simplemente no pude dejar de pensar en este monasterio–

–Pensar en qué, concretamente–

–Verá, hace cuatro años mi hermano murió súbitamente mientras dormía, y desde entonces no he dejado de pensar que yo también moriré y que nada hay que pueda hacer para evitarlo, que cada segundo que pasa es una oportunidad para morir–

–Hijo, nosotros también vamos a morir– me interrumpe –No creas que por ser monjes nos vamos a librar de ese paso–

–Pero hay algo aquí que está vivo desde siempre y lo seguirá estando. Creía que vivir era sólo caminar hacia la muerte, pero siento en el monasterio una vida que está por fuera del tiempo–

–Hijo, ¿crees en la eternidad?– Me pregunta.

Esa era la pregunta que inquieta mi corazón. La pregunta que me había traído hasta aquí. Levanto mis ojos y miro el cuadro de Jesús resucitado. En este cuadro, Él es el origen de la luz. “Nadie me quita la vida, sino que yo l doy por mi propia voluntad. Tengo el derecho de darla y de volver a recibirla.” Recuerdo haber leído de Él en alguna parte.

–Hijo ¿Crees en la eternidad?– Repite

–Tengo que creer, de eso depende mi existencia–

29 de Febrero de 2012

Contra la legalización de las drogas

22 noviembre, 2011

Pocos debates se han repetido tanto hoy en día, y han dado tan pocos resultados como el de la legalización de las drogas. De cuando en cuando, una iniciativa política en uno u otro sentido alrededor del problema de las drogas revive de nuevo el tema provocando una repetición de los mismos argumentos que se presentan una y otra vez.

El problema fundamental en torno al debate reside en una cierta visión “progresista” que se impone en el momento de mediar las diferentes posiciones. Esta llega al hecho de pretender interpretar la visión de quienes se oponen a las drogas diciendo: “Realmente, aún no es el momento correcto para legalizar las drogas”. Claramente el interlocutor que esgrime este tipo de argumentos, aunque aparente adoptar una postura denominada “conservadora”, en realidad ven la legalización como un objetivo que debe lograrse aunque todavía no se haya llegado al punto en que se pueda realizar.

La imposición de esta visión se debe principalmente a la aceptación ciega de ciertos postulados acerca del problema de las drogas, que tendenciosamente hacen recaer el grueso del problema de las drogas sobre su prohibición, e obligan a ignorar la realidad acerca de estas que llevo a su prohibición. En este escrito me dedicaré a exponer las afirmaciones más repetidas en la argumentación en pro de la legalización para explicar posteriormente su falsedad.

1. El problema no son las drogas, sino…

Esta es tal vez la única afirmación que no es totalmente falsa, sin embargo por lo general lleva a un reduccionismo en extremo simplista. El fenómeno del narcotráfico es incomprensible cuando se olvida su carácter trasnacional, por que achacar su causa a cuestiones como la pobreza o la falta de la educación sólo implica un provincialismo excesivo de quienes sólo ven el tema en el país productor. Es curioso que la afirmación “el problema no son las drogas sino su prohibición”, llegó a estos países productores traídas por discursos de intelectuales de Europa o Estados Unidos, lo que permite entrever cómo tal afirmación también es una visión reduccionista del problema originada en concentrarse exclusivamente en la situación de las drogas en el país consumidor.

Si quisiéramos encontrar una solución al problema a través de su causa fundamental nos sorprenderíamos de lo lejos  que están de su solución quienes abogan por la legalización. Para todos es claro que el consumo de drogas es causa necesaria y suficiente para la aparición del narcotráfico, posteriormente se verán otros argumentos que se pretenden a partir de este hecho. Sin embargo a grandes rasgos se puede afirmar sin miedo a errar que la drogadicción es un fenómeno contemporáneo, pues precisamente rompe con los usos tradicionales de la droga, generalmente medicinales o religiosos que por sus particularidades generan autocontrol, para convertirse en un elemento meramente recreativo. En este orden, podría decirse que el narcotráfico es causado por la cultura de consumo, y ya en este punto es notorio que esta causa no es combatible a través de la legalización, pero por otro lado, bien sabemos que la cultura del consumo es necesaria para el capitalismo, etc. En el fondo para no perder de vista aristas del problema habría que decir: “el problema no son las drogas sino el consumismo”, “el problema no son las drogas sino el capitalismo”, o “el problema no son las drogas sino la modernidad”, es decir siendo cada vez más general. Obviamente que cada vez encontraremos menos gente dispuesta a apoyar tal afirmación.

2. La prohibición termina favoreciendo a los narcotraficantes.

Este argumento es tal vez uno de los que más se repite, y probablemente ha sido la bandera más enarbolada por el movimiento pro-legalización. Se ha encontrado de muchísimas formas, en algunas versiones aparece puesto en la boca de ex-narcotraficantes que afirman reírse de la prohibición de las drogas. Su fundamento se basa en un argumento de carácter económico: “la lucha contra el narcotráfico genera un aumento de los precios de la droga que engrandece los ingresos de los narcotraficantes”. Esta proposición es el mantra preferido de los pro-legalización, un simple examen puede confirmar el hecho de que es repetida por estos sin ningún razonamiento intermedio, pues es necesario desconocer plenamente la forma como se genera el aumento de precios para pretender deducir de él una ventaja para los narcotraficantes.

Las operaciones de interdicción provocan una reducción inesperada en la cantidad de droga que va a ser vendida, de este modo, al reducirse las cantidades por venderse, la única forma en que los narcotraficantes pueden mantener su margen de ganancia es a través del aumento de precios. De aquí que es incongruente decir que la interdicción favorece las ganancias de los narcotraficantes, si tal no existiera la droga se habría vendido a un precio más bajo, si, pero se habría vendido mucha más. Cierto es que los narcotraficantes pueden ser flexibles con sus ganancias y suponer un nivel aceptable de pérdidas que no le afecten lo ganado, pero también hay que considerar que el tráfico se realiza a través de muchas manos y todos los intermediarios deben cumplirse entre sí, por lo que su margen no puede caer por debajo de los números pactados.

Por otro lado, es claro que el gran aumento en el precio de la droga se hace a expensas del consumidor, lo que revela que lo único que ha permitido tal aumento es la inelasticidad tan fuerte de las drogas dada su capacidad adictiva. Por supuesto que la legalización no va a reducir el consumo sino que por el contrario permitirá un descenso en el precio a costa de aumentar el número de consumidores.

3. Es que a la gente le gusta lo prohibido.

Esta es la afirmación más ridícula de todos los argumentos que han propuesto los pro-legalización. Esta frase es el empalme perfecto para cubrir todas las fallas que presenta el argumento anterior. Según esta idea, la prohibición de las drogas causó la explosión en su consumo, y de ahí deducen que su legalización producirá, por arte de magia, un descenso en el consumo. Por esta razón, dicen, aumentar las medidas de represión contra el consumo de drogas sólo hará que la gente quiera consumir más.

La mejor respuesta para esta genialidad de la “sicología inversa” es la realidad misma. Si le damos pies a esta afirmación y le otorgamos validez más allá del tema específico al que pretenden aplicar, encontramos el absurdo que en ella reside. Pues de ser cierto, ningún país expediría leyes pues cada prohibición originaría un efecto contrario se promoción. Entonces la prohibición del homicidio los exacerbaría, el mandamiento “no robarás” nos convertiría en cleptómanos, y así sucesivamente. El código penal de cada país sería el manual de conducta para los ciudadanos, y los gobiernos habrían de prohibir la cultura cívica para promocionarla.

Alguien podría decirme que en Colombia esto realmente ocurre, a lo que se respondería fácilmente al hacerle ver que este argumento apunta al consumo de drogas más que a la producción, y los países consumidores son precisamente aquellos que gusta tomar como ejemplo de cultura cívica y valores ciudadanos. Por otro lado en Colombia tuvimos recientemente el caso de la prohibición de fumar en sitios cerrados, incluyendo bares. La medida fue vista con mucho escepticismo, dada nuestra propia fama, y sin embargo su aplicación fue muy exitosa.

4. La guerra contra las drogas será infructuosa y se cargará sobre los contribuyentes.

Este argumento supone por proyección que la guerra contra las drogas así como ha sido de infructuosa siempre, así también lo será en el futuro, pues es inherentemente fracasada, y es una fuga de capital importante de los contribuyentes. En primer lugar, hay que discutir aquello de que la guerra contra las drogas fallará irremediablemente, pues en principio toda guerra es susceptible de ser ganada, sólo es cuestión de golpear con la fuerza correcta en el lugar correcto. Incluso guerras tan impopulares como Irak o Afganistán pueden ser ganadas si los gringos se ponen de acuerdo sobre quién es su enemigo. En Colombia, hace diez años nadie afirmaba con seguridad que se pudiera ganar la guerra contra las FARC, hoy en día sólo unos cuantos de convicción dudosa se atreven a negar que estamos más cerca de lograrlo.

Por lo general la explicación que dan los pro-legalización a ese supuesto fracaso inherente de la guerra contra las drogas consiste en el uso de los argumentos tratados anteriormente. O simplemente se abstienen de explicar lo que lleva a tal hecho y deciden presentar estadísticas respecto de cómo ha sido un fracaso todo lo que se ha hecho en contra del fenómeno. Suponer que la guerra contra las drogas fracasará simplemente por el hecho de que ha fracasado es un argumento poco convincente, si le hubieran hecho caso los aliados en 1942, se hubieran rendido ante Hitler pues hasta entonces la guerra había sido un fracaso. No hay razón para creer que un cambio en la estrategia contra las drogas no funcionará.

Ahora, por otro lado, si la guerra contra las drogas representa una carga impositiva fuerte, no hay razones para pensar que la legalización no representará otra carga para los contribuyentes. La legalización obligará al Estado a asumir la drogadicción como un problema de salud pública. Además todos los límites que se autoimponga la legalización requerirán dinero del presupuesto público, además que si hacemos caso a quienes dicen que el Estado tendrá control sobre la compra-venta de narcóticos, bueno pues eso también costará y alguien tendrá que pagarlo.

5. Es una decisión privada de cada persona en la cual el Estado no debe influir.

Este es uno de los argumentos más ingenuos que se pueden oír, enarbolado principalmente por los liberales radicales (que fuera de otro modo sería un contrasentido), quienes suponen que el Estado debe apartarse de la vida privada de las personas. Contra ellos se encuentra la realidad, donde se puede observar que la constante histórica es el aumento de la injerencia del Estado en la vida de sus ciudadanos. La coherencia con este argumento exige a la vez un rechazo a todas las instituciones de seguridad social, educación pública, control de medios de comunicación, vigilancia pública en internet, seguridad ciudadana, etc. Por otra parte, aunque el acto de consumir drogas pueda parecer privado, implica una compra a un actor ilegal; de modo que, siendo el financiamiento del delito un delito, y siendo obvio que el principal ingreso del narcotráfico, y demás organizaciones delictivas asociadas, provienen de los consumidores, es claro que son culpables de ese delito quienes consumen drogas. Sería igual que una compra-venta de armas o personas pretendiera ser reivindicada como un acto privado, del cual debe apartarse el Estado.

Ahora, hacer caso de este planteamiento también tiene fuertes repercusiones a nivel social y moral. Por un lado, para todo el mundo es claro que el consumo de drogas representa un daño contra la misma persona. Resulta incomprensible que el Estado se haga indiferente ante esa anomalía a la vez que declara insanidad mental a quien tiene tendencia a provocarse daño. Por otro, a nivel social genera muchos interrogantes: En esta sociedad que promueven los liberales, cuando al caminar por la calle se observa a alguien de pie en el borde de un edificio con intenciones de lanzarse habríamos de responder “Allá él, es su libertad”, pues tratar de persuadirle de no hacerlo es invadir su privacidad.

Por último, es curiosa la definición de libertad que hay detrás de este argumento. No es precisamente “libertad” lo que describe el estado de alguien que ha caído en el yugo de la drogadicción. Si la libertad es la libre determinación de la voluntad, resulta obvio que un vicio no puede ser otra cosa que su antónimo. Eso lo saben los jíbaros, y de ahí su habitual “la primera es gratis”. Tal defensa de las drogas no puede provenir de intenciones diferentes a aquellas que buscan que el individuo pierda su libertad en manos de un producto comercial.

6. La legalización acabará con el mercado negro del narcotráfico y la violencia que genera, además de permitir que el Estado controle el mercado.

Este es uno de los argumentos al que los pro-legalización más le gastan empeño para darle coherencia, a pesar de que por lo general consideran obvias las explicaciones profundas. En este caso suponen que siendo las drogas un mercado que no desaparecerá, la prohibición de estas es la causa principal de que exista el narcotráfico y la violencia que este genera. De ahí que según ellos la legalización hará desaparecer el mercado negro del narcotráfico junto a guerrillas y bandas delincuenciales asociadas. Y  a esto le agregan que cuando el mercado de las drogas sea legal, el Estado podrá controlarlo y poner las restricciones que desee.

En primer lugar, contra esto hay que hacer ver lo que la realidad muestra, que es que la legalidad o ilegalidad del producto no afecta la existencia o no de un mercado negro alrededor de él y la violencia en torno a su producción y tráfico. El hecho de que en Estados Unidos la compra-venta de armas sea legal no evita que exista un mercado negro de armas. Los diamantes, el petróleo, el coltán, son productos perfectamente legales y sin embargo financian la mayoría de guerras irregulares en el África. Por otro lado, los productos chinos inundan nuestros supermercados de forma perfectamente legal, a pesar de que es bien sabido que se producen en clara violación a todos los convenios internacionales alrededor del tema del trabajo. Aquí en Colombia también la violencia paramilitar no sólo ha estado asociada al narcotráfico, sino a otros negocios perfectamente legales como la ganadería, la extracción de esmeraldas, la producción bananera, o la extracción de carbón.

En segundo lugar, la legalización trae consigo el problema de los límites de la misma: ¿Cuáles drogas se legalizan y cuales no? ¿Se legalizan para todos o sólo a drogadictos? ¿Se restringen el consumo por por parte de menores y el consumo en lugares públicos? Aún siendo claro que la legalización del producto no acaba con el mercado negro, hay que hacer ver que según este argumento cada límite que el Estado quiera imponer dará pie a que continúe la ilegalidad. De ahí lo ficticio que resulta la pretensión de control que pretende defender la legalización. La tendencia es que entre más fuerte sea una empresa, menos control tendrá el Estado sobre ella, puesto que al tratarse de un Estado democrático todos los intereses giran en torno al dinero. Bastará con que la corporación financie a los miembros del congreso o parlamento para que legislen en favor suyo.

Resulta iluso pensar que el gobierno de los Estados Unidos, el Estado más fuerte del mundo, sea capaz de cerrar negocios como Coca-Cola o McDonald’s, o cualquiera de los grandes conglomerados de armas. En el caso colombiano es peor aún, aquí sobran los casos en que el Estado colombiano termina jugando a favor del capital privado. Tan sólo hay que ver cómo fallo el intento de controlar a las tabacaleras, o cómo corporaciones como Santo-Domingo han burlado una y otra vez a la ley colombiana. Así las cosas, se pretende abrir un mercado de productos con una capacidad adictiva tan fuerte que llevan a la gente a derrochar todo, e incluso prostituirse por dinero, para conseguir con qué comprarles; y se pretende que esta corporación capaz de reducir las voluntades de sus clientes a la nada, sea controlada y regulada por el Estado. (si quieren hacerse una idea, la serie Speed Grapher puede dársela)

7. La prohibición es siempre ineficiente y por eso los países más avanzados escogen legalización junto con medidas de prevención.

Este argumento surge de la tendenciosa polarización producida por algunos, en que, según ellos, el debate se encuentra entre dos posturas, la de los prohibicionistas y los prevencionistas, siendo aquellos los que pretenden solucionar el problema copando las cárceles, y estos los que promueven que se evite el crimen a través de la educación con fines preventivos. A esto se le suman los habituales parroquianismos con su típico jingle: “Si allá en Europa lo hacen, es nuestro deber copiarlo”.

Contra esto basta que cualquiera con nociones claras de economía nos explique cómo el Estado interviene con gran fuerza en el mercado, muchas veces a través de prohibiciones exitosas. Si los neoliberales se quejan de la intervención del Estado en la economía no es por defecto sino por exceso, no se quejan de que las intervenciones del Estado no cumplan su objetivo, sino de que van mucho más allá produciendo externalidades negativas. Así mismo un abogado podría decirnos cómo las prohibiciones son parte fundamental del derecho, o un experto en políticas públicas podría decirnos cómo las prohibiciones pueden ser una política exitosa. En el fondo lo que se encuentra bajo este argumento es una de las afirmaciones rebatidas al principio del artículo.

Ahora, podríamos darle alas al argumento y dejarlo que aterrice en otros campos. Había pensado inicialmente en los homicidios en Colombia, que no cesan, pero alguien podría decirme que efectivamente durante los ocho años del gobierno Uribe hubo un prolongado descenso de los homicidios, por lo que preferí optar por las violaciones de Derechos Humanos a nivel global. Estas si han venido en franco aumento, cuanto más que por ser motivo de escándalo internacional resulta de sumo interés para los grupos irregulares su uso con fines estratégicos. Así, como en el caso particular del terrorismo, mientras más escándalo provoca en los medios de comunicación y más se acrecientan los esfuerzos en su contra, aumenta la efectividad del mismo y su interés por parte de los grupos terroristas. ¿Debería considerarse fallida esta guerra y retirar de los convenios internacionales y leyes nacionales toda disposición en contra de los crímenes de lesa humanidad? No creo que haya muchos dispuestos a responder afirmativamente a esa pregunta.

Seguramente dirán que son cosas diferentes, que lo de aquí no funciona allá, que la legalización sólo es un cambio de enfoque. Pero ¿No son ambos casos una aceptación de la derrota incondicional? ¿Cómo se puede combatir contra un enemigo al que le abrimos las puertas de nuestra casa y le regalamos todas nuestras armas? En el fondo el sistema se siente seguro, pues al fin y al cabo la drogadicción es invento suyo y el libre tránsito de droga le podrá servir a la economía en el corto plazo. De las drogas la única víctima es la humanidad que verá diezmada su juventud. Ya hoy los Estados Unidos viven en carne propia las consecuencias de un desliz de juventud en quien se volvería presidente, así como nosotros las vivimos hace poco más de diez años.

Ahora, también que la prohibición sea desechada como estrategia es una falsedad, no hay sino que ver la lucha que lleva la OMS contra el cigarrillo. Uno de los mejores ayudantes de la productividad se vino a convertir en uno de sus obstáculos y ahora la OMS debe reducir a toda costa el consumo de cigarrillo. Y mientras se trató de lidiar con el asunto a través de campañas informativas y permisividad, el único resultado que nos dejó es un problema de consumo en los jóvenes. Ahora, se desarrolla progresivamente una campaña agresiva de prohibición al cigarrillo que en sus objetivos intermedios desarrollados hasta hoy han resultado sumamente exitosa, falta ver si la medida que está a punto de aprobarse lo logra también.

8. Esto ya ocurrió con la Ley Seca en Estados Unidos y la única solución fue legalizar.

Este último, más que un argumento, es tomado como ejemplo de todo lo anteriormente dicho. El caso de la Ley Seca es más utilizado como prueba de que todo lo que dicen los pro-legalización es verdad. Supónese entonces, que así como la prohibición del licor en los Estados Unidos generó una ola de violencia, similar a la provocada hoy por el narcotráfico, así mismo la legalización llevó a que se acabara con el mercado negro y se pusiera fin a la violencia. Ahora, existen muchos problemas a la hora de realizar ese paralelo, lo que hace que en el fondo termina siendo una comparación irresponsable.

En primer lugar, existen muchas particularidades en torno a la iniciativa de la Ley Seca que no se pueden encontrar hoy en día respecto de las drogas. La Ley Seca implicó la ilegalización repentina de todo un mercado preexistente y perfectamente legal, mientras que en el caso de las drogas casi ni existía mercado cuando se prohibieron, el mercado actual ha sido construido desde la ilegalidad. Por otro lado, la iniciativa de la Ley Seca fue causada no tanto por los efectos negativos que produce el alcohol como por la discriminación contra los inmigrantes irlandeses, italianos, alemanes, todos consumidores habituales de licor; por el contrario, el consumo de drogas permanece siempre alrededor del 1% con una fuerte concentración en la población juvenil en las capas más altas y las más bajas de la sociedad.

Ahora, si observamos la forma como llegó a su fin la prohibición, se encontrará que existen también varios elementos que hacen la situación incomparable con el fenómeno actual del narcotráfico, y que además refuta la idea de que la legalización llevó al fin de la violencia. Por un lado, si bien disminuyó la violencia, las bandas delincuenciales continuaron existiendo, de ahí que resulte difícil pensar que esta reducción de la violencia requirió de otros factores particulares externos a la prohibición, tales como: La preexistencia de los negocios legales de licor permitió que al derogarse la Ley Volstead estos negocios simplemente reabrieran sus puertas, la crisis del 29 y el desempleo causado hicieron de la legalización del licor una oportunidad para incentivar la creación de empleo y atraer la mano de obra libre, la Segunda Guerra Mundial no sólo trajo consigo una bonanza para la industria militar que sustituyó los negocios ilegales de las bandas criminales (véase la historia de la subametralladora Thompson) sino que además la entrada de EEUU en la guerra movió la mano de obra libre violenta hacia la guerra fuera del país.

Ahora, esto no ha tocado aún la cuestión fundamental: ¿Sirvió la legalización para reducir el consumo de alcohol? La respuesta es no. Claramente la legalización en este caso significó una rendición incondicional a toda posibilidad de reducir el consumo, y hoy en día lo que tenemos es un grave problema de alcoholismo a nivel global. En Colombia el licor es legal, más no lo es su consumo por parte de menores de edad, y sin embargo el consumo en menores crece. Por lo tanto, si la legalización sirve de ejemplo para algo, es para ejemplificar lo que es un fracaso.

Como se darán cuenta, estos no son los únicos argumentos esgrimidos en este caso, pero se han escogido por tratarse de los más recurrentes. Si me dedicara a abordar cada barbaridad al respecto no acabaría nunca. Tampoco me dedicaré a abordar mi postura al respecto, probablemente lo haga en otro momento. Como se ha podido observar la legalización no tiene entre su defensa un fundamento fuerte, más allá de una gran masa de consumidores recreativos que desde la academia han pretendido darle al tema un aire de progreso para procurar liberarse de la incomodidad que les provoca el acudir al sigilo para darse sus gustos. Al final la pequeña masa de defensores de la legalización (Si fuera tan grande como dicen ser no habrían perdido en California) sólo se compone de dos grupos, los consumidores y sus cercanos, y los narcotraficantes y sus cercanos. La guerra contra las drogas podrá resultar difícil pero como puede verse la alternativa es mucho peor.  Logo

29 de diciembre de 2010

Apología de la confesión (II)

11 septiembre, 2011

Ya he escrito una entrada al respecto que pueden consultar en este enlace. Lo que me motiva a escribir hoy no es ningún nuevo descubrimiento en el tema sino simplemente comentar, en la misma clave argumental de la anterior, el artículo que escribió un sacerdote guipuzcoano, probablemente como auto-justificación, y que publica el portal de Religión Digital, reconocido bastión de todas estas lides.

El artículo se titula “Algunos curas guipuzcoanos no se confiesan” y en efecto ese fue uno de los reclamos que le hizo Mons. Munilla a su consejo presbiterial en la reunión que se hizo famosa por revelar las fuertes contradicciones que enfrenta el obispo en su diócesis. Subrayo la palabra “uno” porque la lectura que hizo Mons. Munilla de la Pastoral Vocacional en la diócesis va mucho más allá, demuestra que el primer impulso de la pastoral vocacional es el testimonio de los sacerdotes y dice que los sacerdotes de la diócesis han dejado de ser testimonio.

El artículo en cuestión toma ese título para hacer una apología de la no-confesión. No voy a analizar el artículo en su extensión, pues en gran parte no es más que un reencauche de la tradicional falacia “los tiempos han cambiado”, sino que me referiré a un par de párrafos que es donde, creo yo, reside el centro de la cuestión.

Dice el sacerdote:

Pero hoy, las cosas han cambiado sustancialmente. En el mundo moderno se ha recuperado la conciencia del valor infinito de la dignidad humana. El hombre y la mujer han ido descubriendo el sentido de la libertad y del valor sacrosanto de la intimidad. Muchos pensamos que la Iglesia no tiene ninguna autoridad para exigir la apertura de los pliegues más profundos de la conciencia. Es el recinto más sagrado de la persona, su propia mismidad, algo nunca susceptible de ser hollado ni manoseado.

La confesión explícita y obligatoria de los pecados graves o mortales, bajo penas gravísimas, no puede ser el peaje exigible para recibir de manos de un sacerdote el perdón de Dios. De ahí, en buena parte, el abandono masivo del confesionario en los tiempos actuales. En muchos espacios de la Iglesia no se ha perdido el sentido del pecado, sino que se ha redescubierto el valor supremo de la dignidad. El único peaje imprescindible para obtener el perdón del Dios de la misericordia es una actitud de arrepentimiento sincero y el propósito de mejorar y enderezar la relación con Dios y los hermanos ante el ministro del sacramento.

Su argumentación está basada en oponer la confesión con la dignidad humana, como si el que se confesase perdiera dignidad. No es una acusación nueva, constantemente puede oírse en boca de los anticlericales que la confesión es el método de la Iglesia para controlar las mentes de sus feligreses. La igualación que hace el sacerdote del artículo de “dignidad” con “libertad” e “intimidad” hacen pensar de inmediato en la libertad de John Stuart Mill. En efecto, el caso parece calcado de una apología de la objeción de conciencia y el valor de la intimidad frente al Estado. Pero yo pregunto, ¿Puede reclamarse la dignidad como un límite puesto a Dios?

Olvida el sacerdote, lo que da mucho que pensar respecto de su formación, que nuestra dignidad proviene de Dios. Si nuestra dignidad es un límite a la acción del Estado, quien no puede menos que reconocerla, es porque esta no es una concesión otorgada por el Estado, a pesar de que ciertos lobbies así quieren ponerlo, sino que está es inherente a la naturaleza de todo ser humano, porque nos es dada por Dios. Dios, al hacerse hombre en la persona de Jesucristo, nos ha revelado la dignidad de cada persona, la dignidad a la que hemos sido llamados en el ideal de la santidad.

Por eso, si hay una violación grave a la dignidad humana es en el pecado, no en la confesión. El pecado no es otra cosa que el rechazo de la dignidad a la que Dios nos ha llamado en Jesucristo, la dignidad que Cristo con su resurrección nos ha donado. La confesión es, por excelencia, la recuperación de la dignidad humana. La confesión oral de los pecados no es otra cosa que reconocer lo lejos que aún estamos  de la dignidad a la que hemos sido llamados,  la traición de nuestra vocación a la santidad.

Recuerdo cuando el Papa pidió perdón en nombre de la Iglesia por los abusos sexuales cometidos por sacerdotes. En su momento me sentí realmente mal de ver al Papa, y con él a toda la Iglesia, de rodillas ante los medios y detrás de ellos tantos enemigos que siempre han buscado su destrucción. Pero luego, gracias a una entrevista del P. Santiago Martín, pude comprender que no hay acto más dignificante y engrandecedor que pedir perdón, bueno tal vez uno: perdonar. Pedir perdón es volver a repasar la frontera que nos separa de los animales, reconocernos seres dotados de voluntad, libres de la determinación de los instintos, y conscientes del ser y del deber-ser. A diferencia de aquel que es esclavo del pasado, y por negarse a abrir la intimidad del alma, lleva su mal hasta las últimas consecuencias, hasta hundirse por el peso de sus propios actos y errores.

Por eso creo que se equivoca el vasco cuando dice que “no se ha perdido el sentido del pecado”, pues si el sentido del pecado es justamente la pérdida de la dignidad, no tiene sentido que se esgrima esta contra la confesión. Hacerlo revela ante todo un rechazo a la condición de criatura, una vuelta a la vieja tentación de Adán de cubrirse y esconderse ante la vista de Dios y que Cristo recuerda en el evangelio de Juan:

“Y como Moisés levantó la serpiente en el desierto, así tiene que ser levantado el Hijo del hombre, para que todo el que crea tenga por él vida eterna. Porque tanto amó Dios al mundo que dio a su Hijo único, para que todo el que crea en él no perezca, sino que tenga vida eterna. Porque Dios no ha enviado a su Hijo al mundo para juzgar al mundo, sino para que el mundo se salve por él. El que cree en él, no es juzgado; pero el que no cree, ya está juzgado, porque no ha creído en el Nombre del Hijo único de Dios. Y el juicio está en que vino la luz al mundo, y los hombres amaron más las tinieblas que la luz, porque sus obras eran malas. Pues todo el que obra el mal aborrece la luz y no va a la luz, para que no sean censuradas sus obras. Pero el que obra la verdad, va a la luz, para que quede de manifiesto que sus obras están hechas según Dios." (Jn 3, 14 – 21)

El alma que rechaza la confesión es como un cuarto que permanece cerrado para que nadie vea la suciedad que hay en él. Mientras no se abra a la luz jamás podrá ser limpiado.

Termino señalando el hecho de que pareciera que el sacerdote se excusa el hecho de que los curas no se confiesen en el hecho de que los laicos tampoco lo hagan. Por el contrario, recuperando el carácter testimonial del sacerdocio como pedía Mons, Munilla, pocas cosas recuperan tanto el valor de la confesión a los ojos de los laico como saber que el sacerdote que los confiesa también se confiesa. Es la mejor señal catequética para enseñarles como tras la confesión  se encuentra siempre Cristo. El sacerdote que confiesa sin confesarse termina por convertirse a los ojos de los demás en el origen del sacramento. Así como el sacerdote que termina quedándose con las absoluciones generales, defendidas por el guipuzcoano, degrada su sacerdocio al nivel de un mero funcionario eclesial, repartidor de perdones. En el mundo de hoy, en que la persona pierde su esencia en manos de estadísticas, categorías y masas, la Iglesia no debe abandonar el privilegio del encuentro personal y del diálogo cara a cara.

11 de septiembre de 2011

Rito Tridentino vs Abusos Litúrgicos

2 septiembre, 2011

Me motiva a escribir esta entrada la existencia de una cierta tesis que he comenzado a percibir en algunos círculos, según la cual la Misa de Rito Tridentino es la solución al problema de los abusos en la liturgia. No pretende esta entrada más que señalar una serie de puntos en contra de esa hipótesis, lejos de mi intención queda pretender decir cuál de los dos ritos es mejor o cosas semejantes.

Antes que nada, he de confesarme converso en esta discusión. Desde bien pequeño he sentido una fuerte atracción por la lengua latina. Sentía que había algo en esa lengua que le daba un cierto poder a las palabras. Luego vine a conocer del Rito Tridentino y vi en ello un “algo” que creía perdido. Creía estar frente a la Eucaristía que celebraban los caballeros de antaño y que les daba el valor para ir y perecer en Jerusalén con una oración en los labios. Incluso en alguna ocasión llegué en broma a declararme Lefebvrista. (No obstante la broma de la declaración, sí tenía fuerte curiosidad por ir a una Misa celebrada por la FSSPX para saber si el rito tenía algo que pudiera bañar con sabores de belleza a la Eucaristía)

Pues bien, tomé un curso de introducción al Latín en la universidad, y he terminado encontrándome con una lengua tan vulgar y pagana como cualquiera. Aún más, bien podría decir que veo con mejores ojos al Español, pues a diferencia del Latín, éste no tuvo pasado pagano sino que fue formado y moldeado por entero por la tradición católica. No por nada las primeras palabras escritas en español son justamente una oración. Encontrarme con la belleza de la lírica espiritual hispánica hizo que valorara mucho más la estética del Español que la del Latín. Si bien es menester reconocer las ventajas que ofrece el Latín frente a los vocabularios teológico y litúrgico creados por la Iglesia, en nada desmerece a la enorme capacidad del Español para abrirse a la adoración del misterio de Dios.

Poco tiempo después supe que había Misa en Latín, en el Rito Ordinario, en la parroquia de San Diego. Fui allí esperando encontrar ese brillo estético que el Latín imprimiría sobre el sacrificio eucarístico y me encontré con dos mitos desbancados: La misa en Latín puede entenderse y seguirse a la perfección por quienes no lo hablan, como se puede seguir en inglés, francés o italiano, gracias a los gestos y tonos que la Forma Ordinaria introdujo para las diferentes partes de la Misa, y por otro lado, el uso del Latín ni aumenta ni disminuye la solemnidad de la Liturgia. Salí de allí con la conclusión de que el Latín ni quita ni pone nada a la Eucaristía.

Y es que el Latín es un mero accidente espacio-temporal que en nada toca a la sustancia divina de la Eucaristía. Quienes defienden a ultranza el uso del Latín emulan peligrosamente a los judíos y musulmanes sin percatarse de que unos y otros se aferran al uso del hebreo y del árabe porque creen que sus lenguas les fueron otorgadas por el mismo Dios en la revelación de la sagrada escritura. Se olvidan entonces de dos pequeños hechos, que el idioma de Jesús fue el Arameo y el evangelio está escrito en Griego, por tanto nada puede decirnos el Latín sobre Jesús más que cualquier otra lengua. Si realmente el idioma tuviera un poder mágico sobre las fórmulas litúrgicas, este poder debía ser el del Arameo o el Griego, no el del Latín.

Luego si el Latín es un accidente que nada influye sobre la Liturgia, el “algo más” debía residir en el resto de elementos que diferencian el Rito Ordinario del Extraordinario. El orden, los gestos, movimientos, signos, tonos, y demás elementos que puedan tener alguna influencia estética.  Esperaba que el Rito Tridentino se me presentara cargado de símbolos gestuales, que gritaran la solemnidad de la presencia de Dios con toda la silenciosa elocuencia del cuerpo como en los Ritos ortodoxos. Además la tradición de la música sacra estaba completamente inserta en la liturgia de modo que toda la Eucaristía, sería una sola canción de adoración al santísimo. Los ojos y los oídos, todos los sentidos debían entrar en éxtasis ante un desborde estético digno de la presencia de Dios en el mundo.

Pues bien, el miércoles 10 de agosto recibí una invitación por Facebook: “EXPOSICION SANTISIMO Y MISA TRADICIONAL CATEDRAL PRIMADA BOGOTA”. Me quedé pensando, “¿Misa Tradicional? ¿será una Misa Tridentina?” (A algunos les parecerá extraño que me lo haya preguntado, pero de cierto modo para mí “Misa Tradicional” es toda una novedad pues he crecido toda la vida con la Misa del Vaticano II. Incluso, un amigo mío a quien le comenté tuvo el mismo parecer: “¿será? ¿o por ‘tradicional’ quieren decir ‘la misa de siempre, con el cura de siempre, en el altar de siempre’?”). Asistí al día siguiente a la Catedral a ver cómo es que era la “Misa Tradicional”, y me encontré en la puerta con un par de señores con una cinta roja cruzada sobre el pecho, como una orden, y un estandarte que en campo de gules mostraba un león de oro (De inmediato algo en mí me dijo que se trataba de TFP), lo que comenzó por darme una mala espina, pero bueno, con llegar allí y ver de lejos que estaba llena la capilla de Nuestra Señora del Topo (El espacio entre el presbiterio del Altar Mayor y el coro de los canónigos es algo pequeño) vi confirmada mi percepción. Como había llegado tarde, apenas llegué al final de la adoración eucarística. Pero bueno, seguía la misa, así que no me había perdido de nada.

No voy a describir narrativamente la Misa, puesto que de entonces al día de hoy no la recuerdo al detalle, pero si recuerdo unas ciertas impresiones que me causó. En primer lugar, el coro, unas monjitas de hábito blanco que de una reconocí como Lumen Dei, reunió cantos tradicionales como el Kyrie, Gloria, Credo, Pater Noster, con otros famosos como el Ave María de Bach y Gounod y el Ave Verum Corpus, cosa que a mí juicio fue una pésima elección, pues ningún coro debe aventurarse con ese tipo de composiciones si no tienen las voces que sean capaces de cantarlos. Si bien no deja de ser interesante oír esas canciones en la Eucaristía, quien ha oído esas piezas bien cantadas, reconoce cuando fallan y hacen que la solemnidad quede en entredicho. El coro se notó esforzado desde el principio, y además estaban acompañados por un órgano que poco ayudaba; si bien hay que reconocer que las dos últimas canciones de la comunión estuvieron magistrales, el Anima Christi y otra que no reconocí, melodías suaves y un arreglo bien armónico que hizo que las dulces voces femeninas, y gracias a que el órgano no sonó, emularan un coro de ángeles.

Pero vayamos a la propia liturgia. Desde el comienzo de la Misa hubo algo que me chocó: El celebrante leía las oraciones como balbuceando a toda prisa fórmulas sin sentido, de modo tal que ni siquiera quienes entendemos el latín podíamos saber lo que decía. Posteriormente, la Plegaria Eucarística fue un silencio absoluto. Por obvias razones el sacerdote no tenía el micrófono en frente y por su forma de leer balbuceando terminaba celebrando para él solo. En eso me di cuenta de algo que fue mi decepción absoluta: Despojada del texto, la Plegaria Eucarística en el Rito Tridentino no se revela más que en las elevaciones de la hostia y el cáliz y las genuflexiones y reverencias que se suceden unas a otras, que vistas desde bien lejos es lo mismo que no vistas, no hay simbología gestual diferente a la de la Forma Ordinaria más que en la posición del altar. A eso, habría que sumarle el detalle de ciertos aspectos en la homilía, como que el celebrante comenzara por felicitar la recuperación de la Misa “de siempre” (Apodo contra el que lucho, pues es falso), a lo que la gente respondió aplaudiendo y uno de los clérigos que acolitaba hizo señas de que no y al ver que la gente seguía aplaudiendo puso cara de fastidio, y junto a la presencia de los TFP y a la forma de salir de la procesión que terminó dejando un aire a “jajaja, somos mejores que el resto de los católicos”. Salí pensando “Flaco favor le hace a la tradición quien pretende recuperar la misa ‘de siempre’ cometiendo los errores ‘de siempre’”.

Salí con sentimientos encontrados y me di cuenta del valor tan profundo que encierra la reforma litúrgica del Concilio Vaticano II, y puedo decir que le creo al Padre Fortea cuando dice que la reforma fue hecha por los mejores liturgistas del momento. Creo que la reforma litúrgica puede ser una increíble oportunidad de acercamiento ecuménico.

Como indiqué anteriormente, la finalidad de este artículo no es validar o invalidar una de las Formas, sino desmentir a quienes proponen una “contrarreforma” litúrgica que consista en sustituir la forma vaticana por la tridentina.

Por un lado, señalar que así como los aspectos estéticos son extrínsecos a la forma de la Misa, dependen más del coro y de la actitud del celebrante, así también lo son los abusos litúrgicos. Una Misa en la Forma Ordinaria puede ser mucho más solemne que una Misa en la Forma Extraordinaria y esta última puede ser celebrada peor que cualquiera de las que han servido como ejemplos de abuso litúrgico. Todo porque a quienes sostienen esa separación, de forma un poco maniquea, se les olvida que todo depende del celebrante. Que las misas en la Forma Extraordinaria no presenten casos de abusos litúrgicos se debe más al hecho de que los sacerdotes que la celebran son más apegados a la forma. En efecto, si se impusiera de nuevo el rito tridentino como forma ordinaria, hay pocas razones para creer que los sacerdotes que abusaron del Novus Ordo no lo vayan a hacer con el rito tridentino.

Porque la causa de los abusos litúrgicos es mucho más profunda que la discusión entre esta forma o la otra.  De hecho equivale a sostener análogamente que el Concilio Vaticano II fue la causa de la secularización del mundo cristiano.  Negar la fuerza de los cambios sociales que se dieron en el mundo en el contexto de la Guerra Fría por preferir como causa a una serie de cambios en la liturgia, que además son aspectos puramente formales pues al acercarse al contenido, al texto del Rito Tridentino se percata que se mantiene casi igual, termina por hacerle el juego a quienes busca la mundanización de la Iglesia presentándola bajo el nombre del “Espíritu del Concilio”.

Hay que hacer ver que la aplicación de las normas papales respecto la Forma Extraordinaria de la Misa no vaya a llevar a una división de la comunidad eclesial. Que se comience a leer el asunto como “tal misa para unos y tal misa para los otros”. En el fondo una de las principales causas de los Abusos Litúrgicos es justamente la subjetivización de la liturgia, es decir, asumir que la forma exterior de la liturgia está hecha en función de la asamblea que participa de ella. En esto pueden caer tanto los defensores a ultranza de la vuelta al Rito Tridentino, al pretender que la liturgia debe buscar en las formas el agrado estético de la asamblea, como los que provocan abusos litúrgicos, como el que pone reggaetón en la misa porque es misa para jóvenes. La liturgia es la labor que realiza el Pueblo de Dios por Cristo, en Cristo y para Cristo. Las modificaciones litúrgicas realizadas en el Concilio Vaticano II tuvieron como fin precisamente acercar las formas litúrgicas al sacrificio de Cristo prefigurado en la Última Cena.

Cuando pensemos “yo cambiaría tal cosa en la liturgia”, consideremos primero si tal idea está motivada por la cercanía con Cristo o si simplemente se trata de satisfacer un gusto personal.

2 de Septiembre de 2011