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Contra la legalización de las drogas

22 noviembre, 2011

Pocos debates se han repetido tanto hoy en día, y han dado tan pocos resultados como el de la legalización de las drogas. De cuando en cuando, una iniciativa política en uno u otro sentido alrededor del problema de las drogas revive de nuevo el tema provocando una repetición de los mismos argumentos que se presentan una y otra vez.

El problema fundamental en torno al debate reside en una cierta visión “progresista” que se impone en el momento de mediar las diferentes posiciones. Esta llega al hecho de pretender interpretar la visión de quienes se oponen a las drogas diciendo: “Realmente, aún no es el momento correcto para legalizar las drogas”. Claramente el interlocutor que esgrime este tipo de argumentos, aunque aparente adoptar una postura denominada “conservadora”, en realidad ven la legalización como un objetivo que debe lograrse aunque todavía no se haya llegado al punto en que se pueda realizar.

La imposición de esta visión se debe principalmente a la aceptación ciega de ciertos postulados acerca del problema de las drogas, que tendenciosamente hacen recaer el grueso del problema de las drogas sobre su prohibición, e obligan a ignorar la realidad acerca de estas que llevo a su prohibición. En este escrito me dedicaré a exponer las afirmaciones más repetidas en la argumentación en pro de la legalización para explicar posteriormente su falsedad.

1. El problema no son las drogas, sino…

Esta es tal vez la única afirmación que no es totalmente falsa, sin embargo por lo general lleva a un reduccionismo en extremo simplista. El fenómeno del narcotráfico es incomprensible cuando se olvida su carácter trasnacional, por que achacar su causa a cuestiones como la pobreza o la falta de la educación sólo implica un provincialismo excesivo de quienes sólo ven el tema en el país productor. Es curioso que la afirmación “el problema no son las drogas sino su prohibición”, llegó a estos países productores traídas por discursos de intelectuales de Europa o Estados Unidos, lo que permite entrever cómo tal afirmación también es una visión reduccionista del problema originada en concentrarse exclusivamente en la situación de las drogas en el país consumidor.

Si quisiéramos encontrar una solución al problema a través de su causa fundamental nos sorprenderíamos de lo lejos  que están de su solución quienes abogan por la legalización. Para todos es claro que el consumo de drogas es causa necesaria y suficiente para la aparición del narcotráfico, posteriormente se verán otros argumentos que se pretenden a partir de este hecho. Sin embargo a grandes rasgos se puede afirmar sin miedo a errar que la drogadicción es un fenómeno contemporáneo, pues precisamente rompe con los usos tradicionales de la droga, generalmente medicinales o religiosos que por sus particularidades generan autocontrol, para convertirse en un elemento meramente recreativo. En este orden, podría decirse que el narcotráfico es causado por la cultura de consumo, y ya en este punto es notorio que esta causa no es combatible a través de la legalización, pero por otro lado, bien sabemos que la cultura del consumo es necesaria para el capitalismo, etc. En el fondo para no perder de vista aristas del problema habría que decir: “el problema no son las drogas sino el consumismo”, “el problema no son las drogas sino el capitalismo”, o “el problema no son las drogas sino la modernidad”, es decir siendo cada vez más general. Obviamente que cada vez encontraremos menos gente dispuesta a apoyar tal afirmación.

2. La prohibición termina favoreciendo a los narcotraficantes.

Este argumento es tal vez uno de los que más se repite, y probablemente ha sido la bandera más enarbolada por el movimiento pro-legalización. Se ha encontrado de muchísimas formas, en algunas versiones aparece puesto en la boca de ex-narcotraficantes que afirman reírse de la prohibición de las drogas. Su fundamento se basa en un argumento de carácter económico: “la lucha contra el narcotráfico genera un aumento de los precios de la droga que engrandece los ingresos de los narcotraficantes”. Esta proposición es el mantra preferido de los pro-legalización, un simple examen puede confirmar el hecho de que es repetida por estos sin ningún razonamiento intermedio, pues es necesario desconocer plenamente la forma como se genera el aumento de precios para pretender deducir de él una ventaja para los narcotraficantes.

Las operaciones de interdicción provocan una reducción inesperada en la cantidad de droga que va a ser vendida, de este modo, al reducirse las cantidades por venderse, la única forma en que los narcotraficantes pueden mantener su margen de ganancia es a través del aumento de precios. De aquí que es incongruente decir que la interdicción favorece las ganancias de los narcotraficantes, si tal no existiera la droga se habría vendido a un precio más bajo, si, pero se habría vendido mucha más. Cierto es que los narcotraficantes pueden ser flexibles con sus ganancias y suponer un nivel aceptable de pérdidas que no le afecten lo ganado, pero también hay que considerar que el tráfico se realiza a través de muchas manos y todos los intermediarios deben cumplirse entre sí, por lo que su margen no puede caer por debajo de los números pactados.

Por otro lado, es claro que el gran aumento en el precio de la droga se hace a expensas del consumidor, lo que revela que lo único que ha permitido tal aumento es la inelasticidad tan fuerte de las drogas dada su capacidad adictiva. Por supuesto que la legalización no va a reducir el consumo sino que por el contrario permitirá un descenso en el precio a costa de aumentar el número de consumidores.

3. Es que a la gente le gusta lo prohibido.

Esta es la afirmación más ridícula de todos los argumentos que han propuesto los pro-legalización. Esta frase es el empalme perfecto para cubrir todas las fallas que presenta el argumento anterior. Según esta idea, la prohibición de las drogas causó la explosión en su consumo, y de ahí deducen que su legalización producirá, por arte de magia, un descenso en el consumo. Por esta razón, dicen, aumentar las medidas de represión contra el consumo de drogas sólo hará que la gente quiera consumir más.

La mejor respuesta para esta genialidad de la “sicología inversa” es la realidad misma. Si le damos pies a esta afirmación y le otorgamos validez más allá del tema específico al que pretenden aplicar, encontramos el absurdo que en ella reside. Pues de ser cierto, ningún país expediría leyes pues cada prohibición originaría un efecto contrario se promoción. Entonces la prohibición del homicidio los exacerbaría, el mandamiento “no robarás” nos convertiría en cleptómanos, y así sucesivamente. El código penal de cada país sería el manual de conducta para los ciudadanos, y los gobiernos habrían de prohibir la cultura cívica para promocionarla.

Alguien podría decirme que en Colombia esto realmente ocurre, a lo que se respondería fácilmente al hacerle ver que este argumento apunta al consumo de drogas más que a la producción, y los países consumidores son precisamente aquellos que gusta tomar como ejemplo de cultura cívica y valores ciudadanos. Por otro lado en Colombia tuvimos recientemente el caso de la prohibición de fumar en sitios cerrados, incluyendo bares. La medida fue vista con mucho escepticismo, dada nuestra propia fama, y sin embargo su aplicación fue muy exitosa.

4. La guerra contra las drogas será infructuosa y se cargará sobre los contribuyentes.

Este argumento supone por proyección que la guerra contra las drogas así como ha sido de infructuosa siempre, así también lo será en el futuro, pues es inherentemente fracasada, y es una fuga de capital importante de los contribuyentes. En primer lugar, hay que discutir aquello de que la guerra contra las drogas fallará irremediablemente, pues en principio toda guerra es susceptible de ser ganada, sólo es cuestión de golpear con la fuerza correcta en el lugar correcto. Incluso guerras tan impopulares como Irak o Afganistán pueden ser ganadas si los gringos se ponen de acuerdo sobre quién es su enemigo. En Colombia, hace diez años nadie afirmaba con seguridad que se pudiera ganar la guerra contra las FARC, hoy en día sólo unos cuantos de convicción dudosa se atreven a negar que estamos más cerca de lograrlo.

Por lo general la explicación que dan los pro-legalización a ese supuesto fracaso inherente de la guerra contra las drogas consiste en el uso de los argumentos tratados anteriormente. O simplemente se abstienen de explicar lo que lleva a tal hecho y deciden presentar estadísticas respecto de cómo ha sido un fracaso todo lo que se ha hecho en contra del fenómeno. Suponer que la guerra contra las drogas fracasará simplemente por el hecho de que ha fracasado es un argumento poco convincente, si le hubieran hecho caso los aliados en 1942, se hubieran rendido ante Hitler pues hasta entonces la guerra había sido un fracaso. No hay razón para creer que un cambio en la estrategia contra las drogas no funcionará.

Ahora, por otro lado, si la guerra contra las drogas representa una carga impositiva fuerte, no hay razones para pensar que la legalización no representará otra carga para los contribuyentes. La legalización obligará al Estado a asumir la drogadicción como un problema de salud pública. Además todos los límites que se autoimponga la legalización requerirán dinero del presupuesto público, además que si hacemos caso a quienes dicen que el Estado tendrá control sobre la compra-venta de narcóticos, bueno pues eso también costará y alguien tendrá que pagarlo.

5. Es una decisión privada de cada persona en la cual el Estado no debe influir.

Este es uno de los argumentos más ingenuos que se pueden oír, enarbolado principalmente por los liberales radicales (que fuera de otro modo sería un contrasentido), quienes suponen que el Estado debe apartarse de la vida privada de las personas. Contra ellos se encuentra la realidad, donde se puede observar que la constante histórica es el aumento de la injerencia del Estado en la vida de sus ciudadanos. La coherencia con este argumento exige a la vez un rechazo a todas las instituciones de seguridad social, educación pública, control de medios de comunicación, vigilancia pública en internet, seguridad ciudadana, etc. Por otra parte, aunque el acto de consumir drogas pueda parecer privado, implica una compra a un actor ilegal; de modo que, siendo el financiamiento del delito un delito, y siendo obvio que el principal ingreso del narcotráfico, y demás organizaciones delictivas asociadas, provienen de los consumidores, es claro que son culpables de ese delito quienes consumen drogas. Sería igual que una compra-venta de armas o personas pretendiera ser reivindicada como un acto privado, del cual debe apartarse el Estado.

Ahora, hacer caso de este planteamiento también tiene fuertes repercusiones a nivel social y moral. Por un lado, para todo el mundo es claro que el consumo de drogas representa un daño contra la misma persona. Resulta incomprensible que el Estado se haga indiferente ante esa anomalía a la vez que declara insanidad mental a quien tiene tendencia a provocarse daño. Por otro, a nivel social genera muchos interrogantes: En esta sociedad que promueven los liberales, cuando al caminar por la calle se observa a alguien de pie en el borde de un edificio con intenciones de lanzarse habríamos de responder “Allá él, es su libertad”, pues tratar de persuadirle de no hacerlo es invadir su privacidad.

Por último, es curiosa la definición de libertad que hay detrás de este argumento. No es precisamente “libertad” lo que describe el estado de alguien que ha caído en el yugo de la drogadicción. Si la libertad es la libre determinación de la voluntad, resulta obvio que un vicio no puede ser otra cosa que su antónimo. Eso lo saben los jíbaros, y de ahí su habitual “la primera es gratis”. Tal defensa de las drogas no puede provenir de intenciones diferentes a aquellas que buscan que el individuo pierda su libertad en manos de un producto comercial.

6. La legalización acabará con el mercado negro del narcotráfico y la violencia que genera, además de permitir que el Estado controle el mercado.

Este es uno de los argumentos al que los pro-legalización más le gastan empeño para darle coherencia, a pesar de que por lo general consideran obvias las explicaciones profundas. En este caso suponen que siendo las drogas un mercado que no desaparecerá, la prohibición de estas es la causa principal de que exista el narcotráfico y la violencia que este genera. De ahí que según ellos la legalización hará desaparecer el mercado negro del narcotráfico junto a guerrillas y bandas delincuenciales asociadas. Y  a esto le agregan que cuando el mercado de las drogas sea legal, el Estado podrá controlarlo y poner las restricciones que desee.

En primer lugar, contra esto hay que hacer ver lo que la realidad muestra, que es que la legalidad o ilegalidad del producto no afecta la existencia o no de un mercado negro alrededor de él y la violencia en torno a su producción y tráfico. El hecho de que en Estados Unidos la compra-venta de armas sea legal no evita que exista un mercado negro de armas. Los diamantes, el petróleo, el coltán, son productos perfectamente legales y sin embargo financian la mayoría de guerras irregulares en el África. Por otro lado, los productos chinos inundan nuestros supermercados de forma perfectamente legal, a pesar de que es bien sabido que se producen en clara violación a todos los convenios internacionales alrededor del tema del trabajo. Aquí en Colombia también la violencia paramilitar no sólo ha estado asociada al narcotráfico, sino a otros negocios perfectamente legales como la ganadería, la extracción de esmeraldas, la producción bananera, o la extracción de carbón.

En segundo lugar, la legalización trae consigo el problema de los límites de la misma: ¿Cuáles drogas se legalizan y cuales no? ¿Se legalizan para todos o sólo a drogadictos? ¿Se restringen el consumo por por parte de menores y el consumo en lugares públicos? Aún siendo claro que la legalización del producto no acaba con el mercado negro, hay que hacer ver que según este argumento cada límite que el Estado quiera imponer dará pie a que continúe la ilegalidad. De ahí lo ficticio que resulta la pretensión de control que pretende defender la legalización. La tendencia es que entre más fuerte sea una empresa, menos control tendrá el Estado sobre ella, puesto que al tratarse de un Estado democrático todos los intereses giran en torno al dinero. Bastará con que la corporación financie a los miembros del congreso o parlamento para que legislen en favor suyo.

Resulta iluso pensar que el gobierno de los Estados Unidos, el Estado más fuerte del mundo, sea capaz de cerrar negocios como Coca-Cola o McDonald’s, o cualquiera de los grandes conglomerados de armas. En el caso colombiano es peor aún, aquí sobran los casos en que el Estado colombiano termina jugando a favor del capital privado. Tan sólo hay que ver cómo fallo el intento de controlar a las tabacaleras, o cómo corporaciones como Santo-Domingo han burlado una y otra vez a la ley colombiana. Así las cosas, se pretende abrir un mercado de productos con una capacidad adictiva tan fuerte que llevan a la gente a derrochar todo, e incluso prostituirse por dinero, para conseguir con qué comprarles; y se pretende que esta corporación capaz de reducir las voluntades de sus clientes a la nada, sea controlada y regulada por el Estado. (si quieren hacerse una idea, la serie Speed Grapher puede dársela)

7. La prohibición es siempre ineficiente y por eso los países más avanzados escogen legalización junto con medidas de prevención.

Este argumento surge de la tendenciosa polarización producida por algunos, en que, según ellos, el debate se encuentra entre dos posturas, la de los prohibicionistas y los prevencionistas, siendo aquellos los que pretenden solucionar el problema copando las cárceles, y estos los que promueven que se evite el crimen a través de la educación con fines preventivos. A esto se le suman los habituales parroquianismos con su típico jingle: “Si allá en Europa lo hacen, es nuestro deber copiarlo”.

Contra esto basta que cualquiera con nociones claras de economía nos explique cómo el Estado interviene con gran fuerza en el mercado, muchas veces a través de prohibiciones exitosas. Si los neoliberales se quejan de la intervención del Estado en la economía no es por defecto sino por exceso, no se quejan de que las intervenciones del Estado no cumplan su objetivo, sino de que van mucho más allá produciendo externalidades negativas. Así mismo un abogado podría decirnos cómo las prohibiciones son parte fundamental del derecho, o un experto en políticas públicas podría decirnos cómo las prohibiciones pueden ser una política exitosa. En el fondo lo que se encuentra bajo este argumento es una de las afirmaciones rebatidas al principio del artículo.

Ahora, podríamos darle alas al argumento y dejarlo que aterrice en otros campos. Había pensado inicialmente en los homicidios en Colombia, que no cesan, pero alguien podría decirme que efectivamente durante los ocho años del gobierno Uribe hubo un prolongado descenso de los homicidios, por lo que preferí optar por las violaciones de Derechos Humanos a nivel global. Estas si han venido en franco aumento, cuanto más que por ser motivo de escándalo internacional resulta de sumo interés para los grupos irregulares su uso con fines estratégicos. Así, como en el caso particular del terrorismo, mientras más escándalo provoca en los medios de comunicación y más se acrecientan los esfuerzos en su contra, aumenta la efectividad del mismo y su interés por parte de los grupos terroristas. ¿Debería considerarse fallida esta guerra y retirar de los convenios internacionales y leyes nacionales toda disposición en contra de los crímenes de lesa humanidad? No creo que haya muchos dispuestos a responder afirmativamente a esa pregunta.

Seguramente dirán que son cosas diferentes, que lo de aquí no funciona allá, que la legalización sólo es un cambio de enfoque. Pero ¿No son ambos casos una aceptación de la derrota incondicional? ¿Cómo se puede combatir contra un enemigo al que le abrimos las puertas de nuestra casa y le regalamos todas nuestras armas? En el fondo el sistema se siente seguro, pues al fin y al cabo la drogadicción es invento suyo y el libre tránsito de droga le podrá servir a la economía en el corto plazo. De las drogas la única víctima es la humanidad que verá diezmada su juventud. Ya hoy los Estados Unidos viven en carne propia las consecuencias de un desliz de juventud en quien se volvería presidente, así como nosotros las vivimos hace poco más de diez años.

Ahora, también que la prohibición sea desechada como estrategia es una falsedad, no hay sino que ver la lucha que lleva la OMS contra el cigarrillo. Uno de los mejores ayudantes de la productividad se vino a convertir en uno de sus obstáculos y ahora la OMS debe reducir a toda costa el consumo de cigarrillo. Y mientras se trató de lidiar con el asunto a través de campañas informativas y permisividad, el único resultado que nos dejó es un problema de consumo en los jóvenes. Ahora, se desarrolla progresivamente una campaña agresiva de prohibición al cigarrillo que en sus objetivos intermedios desarrollados hasta hoy han resultado sumamente exitosa, falta ver si la medida que está a punto de aprobarse lo logra también.

8. Esto ya ocurrió con la Ley Seca en Estados Unidos y la única solución fue legalizar.

Este último, más que un argumento, es tomado como ejemplo de todo lo anteriormente dicho. El caso de la Ley Seca es más utilizado como prueba de que todo lo que dicen los pro-legalización es verdad. Supónese entonces, que así como la prohibición del licor en los Estados Unidos generó una ola de violencia, similar a la provocada hoy por el narcotráfico, así mismo la legalización llevó a que se acabara con el mercado negro y se pusiera fin a la violencia. Ahora, existen muchos problemas a la hora de realizar ese paralelo, lo que hace que en el fondo termina siendo una comparación irresponsable.

En primer lugar, existen muchas particularidades en torno a la iniciativa de la Ley Seca que no se pueden encontrar hoy en día respecto de las drogas. La Ley Seca implicó la ilegalización repentina de todo un mercado preexistente y perfectamente legal, mientras que en el caso de las drogas casi ni existía mercado cuando se prohibieron, el mercado actual ha sido construido desde la ilegalidad. Por otro lado, la iniciativa de la Ley Seca fue causada no tanto por los efectos negativos que produce el alcohol como por la discriminación contra los inmigrantes irlandeses, italianos, alemanes, todos consumidores habituales de licor; por el contrario, el consumo de drogas permanece siempre alrededor del 1% con una fuerte concentración en la población juvenil en las capas más altas y las más bajas de la sociedad.

Ahora, si observamos la forma como llegó a su fin la prohibición, se encontrará que existen también varios elementos que hacen la situación incomparable con el fenómeno actual del narcotráfico, y que además refuta la idea de que la legalización llevó al fin de la violencia. Por un lado, si bien disminuyó la violencia, las bandas delincuenciales continuaron existiendo, de ahí que resulte difícil pensar que esta reducción de la violencia requirió de otros factores particulares externos a la prohibición, tales como: La preexistencia de los negocios legales de licor permitió que al derogarse la Ley Volstead estos negocios simplemente reabrieran sus puertas, la crisis del 29 y el desempleo causado hicieron de la legalización del licor una oportunidad para incentivar la creación de empleo y atraer la mano de obra libre, la Segunda Guerra Mundial no sólo trajo consigo una bonanza para la industria militar que sustituyó los negocios ilegales de las bandas criminales (véase la historia de la subametralladora Thompson) sino que además la entrada de EEUU en la guerra movió la mano de obra libre violenta hacia la guerra fuera del país.

Ahora, esto no ha tocado aún la cuestión fundamental: ¿Sirvió la legalización para reducir el consumo de alcohol? La respuesta es no. Claramente la legalización en este caso significó una rendición incondicional a toda posibilidad de reducir el consumo, y hoy en día lo que tenemos es un grave problema de alcoholismo a nivel global. En Colombia el licor es legal, más no lo es su consumo por parte de menores de edad, y sin embargo el consumo en menores crece. Por lo tanto, si la legalización sirve de ejemplo para algo, es para ejemplificar lo que es un fracaso.

Como se darán cuenta, estos no son los únicos argumentos esgrimidos en este caso, pero se han escogido por tratarse de los más recurrentes. Si me dedicara a abordar cada barbaridad al respecto no acabaría nunca. Tampoco me dedicaré a abordar mi postura al respecto, probablemente lo haga en otro momento. Como se ha podido observar la legalización no tiene entre su defensa un fundamento fuerte, más allá de una gran masa de consumidores recreativos que desde la academia han pretendido darle al tema un aire de progreso para procurar liberarse de la incomodidad que les provoca el acudir al sigilo para darse sus gustos. Al final la pequeña masa de defensores de la legalización (Si fuera tan grande como dicen ser no habrían perdido en California) sólo se compone de dos grupos, los consumidores y sus cercanos, y los narcotraficantes y sus cercanos. La guerra contra las drogas podrá resultar difícil pero como puede verse la alternativa es mucho peor.  Logo

29 de diciembre de 2010

4 comentarios leave one →
  1. Cristian Rojas permalink
    23 mayo, 2011 9:44

    ¿Quién es el autor de este blog? Me gustaría conocerlo. rojas.cristian1985@gmail.com

  2. 29 septiembre, 2013 19:11

    la droga te mata

  3. 16 diciembre, 2013 1:30

    con k eso hizo el mercado negro

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